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29.5.08

El Guggenheim Bilbao, después del “efecto”

Publicado en Revista de Libros. Mayo de 2008

Anna Maria Guasch y Joseba Zulaika (eds.)
APRENDIENDO DEL GUGGENHEIM BILBAO
Colección Arte Contemporáneo. Akal, Madrid.
295 pp. 30 €

Iñaki Esteban
EL EFECTO GUGGENHEIM
Colección Argumentos. Anagrama, Barcelona
165 pp. 14'50 €



En octubre de 2007 se cumplió el décimo aniversario del Museo Guggenheim Bilbao que, como era de esperar de un centro tan consciente de la importancia de la promoción mediática, se celebró con obligado entusiasmo y oportuno triunfalismo, seguido de grandes despliegues, casi siempre acríticos, en prensa. Lejos quedaron los tiempos en que, mientras se firmaban secretamente acuerdos y se avanzaba en la faraónica y complejísima construcción, artistas, intelectuales y periodistas atacaban sin tregua un proyecto que parecía en muchos aspectos inadecuado para Bilbao. En cuanto las autoridades tuvieron en sus manos las primeras cifras de visitantes y de impacto económico se apresuraron a hacerlas públicas para acallar las opiniones negativas. Lo lograron. Y, sin embargo, el Guggenheim no es aún una institución estable y generalmente aceptada.
La campaña publicitaria ideada para este aniversario se basaba en la palabra vasca Gu, que significa “nosotros”. Síntoma de que, a pesar de los avances, el ciudadano vasco aún no siente del todo como propio el museo. En esas fechas, el mismo gobierno vasco, junto a Caja Laboral, entregó el “Premio vasco universal” al Guggenheim —suele concederse a personas, no a instituciones, y menos dependientes de la administración autonómica— por su contribución a proyectar una imagen positiva del País Vasco en el exterior. En los agradecimientos de rigor, el secretario de Acción Exterior, Iñaki Agirre, no pudo dejar de mencionar el famoso “efecto Guggenheim” de transformación urbana y económica, que sigue siendo hasta hoy la única baza definitivamente ganada.
No todo han sido parabienes. Han visto en este año la luz dos publicaciones que se han enfrentado a la tarea de hacer balance de estos primeros años de andadura al margen del discurso oficial. El primero reúne las intervenciones de los distintos especialistas —artistas, historiadores, críticos, gestores, sociólogos, arquitectos— que participaron, en abril de 2004, en un simposio celebrado en el Nevada Museum of Art de Reno, organizado por el Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada y coordinado por Anna Maria Guasch y Joseba Zulaikai. Su título, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, seguramente remite, aunque no se explicite, al clásico Learning from Las Vegas de Robert Venturi, lo que sugeriría una asociación con el elevado factor de riesgo de las apuestas —se ha hablado repetidamente de Krens como “jugador” y se ha considerado lógico que el Guggenheim acabara teniendo una sucursal en Las Vegas— y, como añadido, con la tipología de arquitectura seductora, simbólica, al servicio del entretenimiento y el consumo. Las aportaciones que encontramos aquí son de altura irregular, pero tienen la virtud de incluir perspectivas diversas, incluso encontradas, que fomentan el debate. Desde la visión más política de Jon Azúa, uno de los artífices del proyecto desde su puesto de vicelehendakari del Gobierno vasco, hasta el irónico relato de la artista Andrea Fraser, que recorre el museo guiada por la pomposa audioguía que se entrega a los visitantes. Algunos de los textos tocan lateralmente la cuestión, como el del historiador Serge Gilbaut, que se centra en los viejos planes de expansión brasileña del MoMA o el de Lucy Lippard, que ni siquiera ha visto el museo, pero en general proporcionan abundantes datos y proponen interpretaciones.
El segundo de los libros ahora aparecidos es el de Iñaki Esteban, filósofo y periodista de El Correo, que elabora una teoría del “ornamento” partiendo de los significados que dan a la palabra Adolf Loos y Sigfried Kracauer, para adaptarla a las funciones políticas, económicas y sociales que se han atribuido al Guggenheim. El (llevadero) aparato filosófico con el que se arropa el autor resulta en realidad prescindible en la explicación de los alcances del museo, que son expuestos con la suficiente distancia crítica y apoyados en informaciones sólo disponibles para quienes como él han vivido todo el proceso desde muy cerca. Sabemos ya mucho, gracias a éstos y otros escritos, sobre el edificio, la utilización política, las derivaciones económicas y los usos sociales del museo. Quizá a estas alturas lo que correspondería sería hacer un análisis serio de los contenidos del mismo y de sus funciones puramente artísticas. Ya desde su formulación sobre el papel, ha sido característica definitoria del Guggenheim Bilbao el subordinar su definición como museo a los diferentes intereses que concita. Desde la perspectiva de la crítica de arte, conviene conocer cuál es el modelo museístico que se ha propuesto, cómo se ha desarrollado y cuáles son los “efectos” que ha tenido en el terreno artístico.
¿Debemos aceptar que un museo ya no es en primer lugar, y no lo será nunca más, un espacio para el arte? El Guggenheim Bilbao es uno de los más llamativos indicadores en tal sentido. No es que no contenga arte —con excepciones: vestidos, motos...—, y hasta de gran calidad; es que el arte es sólo un moblaje glamouroso del gran dispositivo propagandístico-turístico. De contenido, ha pasado a “envoltorio”, a maquillaje. Una transformación que afecta sobre todo a los museos de arte contemporáneo. A pesar de que los museos históricos se han adaptado a los tiempos que corren con nuevos espacios y servicios destinados sobre todo al turista que las “rejuvenecen” y las hacen más accesibles, no parece que hoy por hoy corran el peligro de la radical “disneyficación” que afecta a los de arte reciente. Se han llevado a cabo en aquéllos algunas intervenciones espectaculares, desde la pirámide del Louvre a la bóveda acristalada del British Museum pero, aunque haya una parte del público que —especialmente durante los primeros meses tras su inauguración— acuda a ver las novedades arquitectónicas, el contenido artístico, colecciones de arte antiguo y moderno de reconocido valor, nunca podrá ser oscurecido por ellas. Eso sí, el ansia de visitantes es palpable. El éxito de las fotografías de Thomas Struth —que los retrata de manera casi antropológica—, no sólo en centros de arte actual sino también en históricos como el Metropolitan y el Prado, habla de la relevancia que el público tiene en la realidad económica y social del museo, en su propia definición y en la imagen con la que se identifica: “el público convertido en obra de arte”ii, en codiciado bien digno de ser exhibido.
El museo de arte contemporáneo es casi siempre de reciente fundación. Sobre todo en países que, como el nuestro, se han sumado con retraso a la dotación de infraestructuras para la creación del siglo XX. Muchas veces el museo nace sin colección. El caso Guggenheim Bilbao, que dispone sólo temporalmente de una colección ajena, no es tan singular como podríamos pensariii. Reunir una colección propia es lento, requiere de una inversión considerable y no es políticamente rentable. En nuestro país son pocas las instituciones públicas que estén coleccionando de forma sistemática y, sobre todo, planificada. En algunos casos hay presupuestos reducidos para el funcionamiento de los museos; en otros que tienen más medios falta visión de futuro. El resultado es que buena parte de las obras más importantes que los artistas españoles producen hoy van a colecciones particulares o corporativas, y los museos públicos van a depender dentro de unas décadas de lo que esos coleccionistas quieran prestarles o donarles, o comprar en el mercado secundario a precios mucho más altos.
Desde hace años se critica esa pulsión por parte de diferentes administraciones, desde la estatal a las locales, de construir museos de arte, olvidándose enseguida del mantenimiento y enriquecimiento de sus contenidos. Lo que el Guggenheim nos ayuda a comprender es que lo que precisamente se desea y más se valora es la construcción. “Si la arquitectura es tan buena como en Bilbao, que se joda el arte”iv. Es increíble que un gran arquitecto como Philip Johnson pueda decir algo así, pero el exabrupto traduce de alguna manera un estado de opinión muy extendidov. Un giro en las políticas culturales en el que intervienen al menos dos factores de fondo.

LA ARQUITECTURA, LA MAYOR ENTRE LAS ARTES
El primero es político y económico, medido en términos de rentabilidad. La crítica de The New York Times Deborah Solomon, escribiendo precisamente sobre el Guggenheim y citando a Krens, definía muy bien la situación: “Es más fácil conseguir dinero para un edificio que para una exposición; el edificio es permanente. [...] Es más grande que una obra de arte, y menos misterioso”vi. La arquitectura espectacular posee el valor icónico que las campañas de imagen requieren, no sólo en el contexto urbano sino también en el mediático, y resulta enormemente provechosa, como demuestra el “efecto Guggenheim”. “Para producir un gran salpicón en la piscina de la cultura del espectáculo actual — ha dicho Hal Foster—, has de tener una gran piedra que tirar, tal vez tan grande como el Guggenheim Bilbao. Muy pocas obras de arte individuales podrían desempeñar ese papel, por no decir ninguna”vii. Volveremos sobre el tema del tamaño.
El segundo es la creciente consideración de la arquitectura como la mayor entre las artes. Lo fue ya en otros momentos históricos (antigüedad, medioevo) pero, por alguna razón, a partir del siglo XVIII —justo cuando su estudio y su práctica se regularizan a través de las Academias— y tras las genialidades barrocas, entra en un período de modesta presencia en los debates artísticos. En el siglo XX el arquitecto reaparece en esos debates pero lo hace en círculos especializados y minoritarios. Hasta los últimos años. El prestigio social del arquitecto célebre es mucho mayor hoy que el del artista plástico. Cada nueva creación de Foster, Hadid, Zaera, Moneo, Ando y no digamos de Herzog y De Meuronviii o el propio Frank Gehry suponen un gran acontecimiento internacional. El ciudadano aprecia la belleza, la originalidad y la utilidad de su trabajo y no se escandaliza por sus desmedidas ganancias —como sí hace cuando se trata de artistas—. El museo es uno de los géneros arquitectónicos más abiertos a la experimentación, al lucimiento, y se acepta, justificadamente, que determinados edificios son en sí mismos obras de arte. Han llegado incluso a eclipsar el valor artístico de lo que cobijanix y, sobre todo, a ser “la razón de ser” del museo. No se compite hoy tanto por las mejores colecciones como por los mejores edificiosx.
Gehry es en particular contemplado como arquitecto-artista, y su edificio de Bilbao es considerado por muchos como su obra maestra hasta la fecha. El mismo Guggenheim dedicó en 2001 una exposición a su trayectoria y en noviembre de 2005 el Artium de Vitoria mostró en otra su proyecto para las bodegas Marqués de Riscal. El edificio de Frank Lloyd Wright para el Solomon R. Guggenheim Museum en Nueva York fue tal vez el primer ejemplo notable de arquitectura estelar y artística para un museo, que merece la pena visitar por sí misma —mucha gente sigue haciéndolo hoy—xi. Desde entonces es marca de la casa. Las numerosas tentativas, a menudo fallidas, de acuerdo entre la Fundación Guggenheim y diversas ciudades en todo el mundo han producido ya una pequeña colección de proyectos de arquitectos célebres, en variadas fases de desarrollo. El septiembre de 2006 se inauguró en Bonn una exposición con nada menos que veinticuatro propuestas, entre las que figuraban las de Hans Hollein para Salzburgo y Viena, Arata Isozaki para el SoHo neoyorquino y Bilbao, Rem Koolhaas para Las Vegas, Zaha Hadid para Taiwán y Singapur, Jean Nouvel para Tokio, Río de Janeiro y Las Vegas y Enrique Norten para Guadalajara (México), única que parece que sí se construirá.
Parece que la arquitectura es un atractivo motivo en torno al cual organizar exposiciones en los espacios para el arte, y en más de un sentido. Se exhiben los propios proyectos arquitectónicos —recuérdese también la muestra de arquitectura española en el MoMA, por ejemplo, en la que abundaban los diseños para museos— y triunfan los fotógrafos actuales que la toman como uno de sus temas principales: Hiroshi Sugimoto, Thomas Ruff, Andreas Gursky, Candida Hoffer o Günther Förg han “retratado” construcciones de grandes arquitectos modernos, en imágenes que adquieren un estatus “meta-artístico”. La arquitectura de Gehry es especialmente fotogénica, característica que le ha reportado al Guggenheim muchas páginas en revistas y suplementos de todo el mundo. No sólo su museo de Bilbao es el centro de las miradas, claro. Hasta febrero pudo verse en la sala Koldo Mitxelena de San Sebastián una exposición, “Construir, habitar, desocupar”, en la que el proceso edilicio de la citada sede para la bodega riojana es protagonista absoluto de las fotografías de Adrian Tyler. Y aún más: el verano pasado, el arquitecto canadiense ideó un aparatoso diseño de montaje para las fotografías de Sophie Calle en una auténtica colaboración entre arquitecto y artistaxii.
Los gestores y los administradores ya saben de los beneficios en imagen que resultan de la colaboración entre fotografía y arquitectura. La Fundación Telefónica presentó hace unos meses los trabajos encargados a ocho de los más valorados fotógrafos españoles, Sergio Belinchón, Bleda y Rosa, Jordi Bernadó, Manel Esclusa, Aitor Ortiz, Xavier Ribas, Montserrat Soto y Valentín Vallhonrat para documentar la construcción de su nueva sede en Madrid, el Distrito C, obra del estudio Rafael de La-Hoz.
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El museo de Frank Lloyd Wright es también uno de los primeros que se propuso como “experiencia” y no como conocimiento. En la publicidad que los museos se hacen, en todo el mundo, abunda hasta la náusea la expresión exciting museumxiii. Andrea Fraser se burla de esa oferta de sensaciones extra-artísticas, y desentraña su significado cuando señala que frente al sentimiento, por parte del público, de que el arte contemporáneo es algo difícil de tragar —“un desafío, una píldora amarga”— la arquitectura espectacular convierte una vivencia a priori fastidiosa en algo placenteroxiv. Lo excitante y lo placentero tienen connotaciones eróticas que Joseba Zulaika identifica; las ciudades ya no quieren eso que antes llamábamos “museo”, sino un “edificio dotado de una atracción sexual capaz de despertar el deseo de las masas y que, además, sea un museo”xv. La experiencia prometida es menos intelectual que física. Y en este sentido, es perfectamente coherente el esfuerzo que en los últimos años han hecho los museos para tener entre sus servicios magníficos restaurantes liderados por famosos cocineros. En el Guggenheim Bilbao, por ejemplo, triunfa Martín Berasategui. El “arquiturismo” se asocia muy naturalmente con el “gastroturismo”.
Esta dimensión sensorial del museo que va más allá de la relación con las obras es uno de los componentes fundamentales de los “nuevos museos”, esos que no son ya fundamentalmente espacios para las artes plásticas. Cuando Iñaki Esteban utiliza el concepto “ornamento” en relación al museo de arte contemporáneo, precisa que éste no se diferenciaría en absoluto de otras tipologías ornamentales como el parque de divulgación científica —Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, Futuroscope de Poitiers, Forum de Barcelona— y que nunca podría aplicarse a un hospital o una escuela, por mucho que se haya cuidado su diseño arquitectónico, dado que se relaciona con la concepción de la cultura como alternativa de ocioxvi.
El Guggenheim Bilbao ha tenido lógicamente muy en cuenta esas exigencias. En una entrevista ya antigua, Juan Ignacio Vidarte, director del museo, afirmaba que “la gente acude allí donde se le presentan ofertas atractivas, y los museos en ese sentido 'compiten' con otras actividades con las que la gente puede pasar el ocio: el cine, espectáculos, deporte. [...] Porque ahora están requeridos por estímulos muy diversos: existe la televisión, el cine, la cultura audiovisual tiene una enorme extensión, y eso hace que la gente tenga unos niveles de sofisticación y de sensibilidad mayores a la hora de captar y catalogar lo que es bueno y lo que es malo”xvii. Y ante la pregunta sobre los peligros para el arte derivados de asociarlo con el ocio, responde: “Eso es algo muy opinable. Normalmente la gente sabe mejor que los artistas lo que es importante o no lo es [...] tener una oferta aparentemente muy interesante y elevada pero que nadie ve, al final no beneficia a nadie”.
Para cumplir con ese programa, en competición con todo tipo de ofertas de ocio, es imprescindible el alcance mediático, prioritario en la estrategia del Guggenheim. Como dice Zulaika, el museo “krensificado” —al estilo de Thomas Krens— se caracteriza por “obligar a los medios a producir imágenes espectaculares que fomenten el deseo de los turistas”, en “grandilocuentes reportajes mediáticos”xviii. Jon Azúa acompañó su intervención en el seminario de Reno con una serie de cuadros de resultados —reproducidos en el libro de Akal—, uno de los cuales estaba dedicado al aumento espectacular de la atención de la prensa al museo; en él se informa de que, de 1998 a 2004, se calcula que fue citado más de 100 millones de veces en los mediosxix. Iñaki Esteban califica la información periodística sobre el museo como “un refrito de propaganda institucional: del museo, la ciudad, las instituciones y los patrocinadores”xx. Mejor que mejor: la crítica ha quedado prácticamente anulada. En otra entrevista, de este mismo año de celebraciones, Vidarte nos aclaraba cómo se computa el éxito de prensa: “un estudio que nos hace una consultora y que nos mide en términos económicos cuánto valen las noticias que aparecen relacionadas con el museo en la prensa de seis o siete países del mundo. Los datos son muy alentadores: si fuera publicidad costaría entre 25 y 30 millones de euros todo el año”xxi. Me pregunto si estas páginas dedicadas al Guggenheim que está usted leyendo se incluirían en la cuenta.

MISIÓN ARTÍSTICA
Hay que reconocerle al Guggenheim que nunca ha ocultado sus móviles. Y, sin embargo, se da en él un curiosa esquizofrenia entre propaganda y secretismoxxii. Se dan pormenorizadas cifras de resultados económicos pero todo lo que se refiere a la gestión artística del museo permanece en la niebla. Como ha dicho Krens, mientras la marca Guggenheim esté en la fachada del edificio, la Fundación americana seguirá teniendo la máxima autoridad sobre el programa de exposiciones y de adquisicionesxxiii. Parece que, en efecto, nadie en Bilbao tiene poder para incidir de forma efectiva sobre esos programas. Hay una directora de “actividades museísticas” —lo más cercano a un director artístico—, Petra Joos, que ha comisariado algunas exposiciones en el museo y es de suponer que tendrá al menos voz en las decisiones que se tomen, sin que tengamos constancia de ello. En los últimos meses las adquisiciones realizadas por el Guggenheim han sido tema de debate en el Parlamento Vascoxxiv, en el que la consejera de Cultura, Miren Azkarate, quiso dejar claro que, aunque la presentación de las ofertas viene de Nueva York, la Sociedad Tenedora Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Bilbao S.L. —participada al 50% por el Gobierno Vasco y la Diputación de Vizcaya— tiene la última palabra y cuenta con sus asesores propios que avalan las comprasxxv. La rectitud empresarial de esta sociedad acaba de verse gravemente comprometida al descubrirse el desfalco de cerca de medio millón de euros cometido por el director de Administración y Finanzas del Guggenheim, Roberto Cearsolo. Pero ciñéndonos a sus actuaciones en lo artístico, ¿quienes fueron y quiénes son esos asesores que mencionaba la sra. Azkárate? Antes de abrir el museo, en 1993, se creó un equipo formado por Javier González de Durana, Javier Viar, Kosme de Barañano, Juan Manuel Bonet, Vicente Larrea y Alfonso Zorrilla, que debía no sólo aprobar sino proponer adquisiciones. En 1995 se disolvió, y se contrató al primero de ellos para que juzgara las propuestas llegadas de Nueva York. Se mantuvo en el puesto hasta 1998. He consultado a Durana y me ha proporcionado generosamente gran cantidad de información adicional muy útil para comprender el proceso. Fue él quien propuso los nombres de quienes integraron la comisión inicial, que no trabajaba para el museo sino directamente para el entonces consejero de Cultura, Joseba Arregi —con quien Durana tenía una relación de confianza tras haberle asesorado entre 1987 y 1991 en temas de museos y patrimonio histórico, Guggenheim incluido— y que debía funcionar como “escudo” para frenar con argumentos artísticos a Krens cuando “se pasara de la raya” en materia museística y política. La comisión quiso actuar con independencia pero lo hizo infructuosamente, pues se vio pronto que el americano no iba a aceptar opiniones ajenas y, sobre todo, críticas con su gestión. Hubo un viaje a Nueva York de la comisión que resultó hasta ofensivo para sus componentes por el poco respeto intelectual que se les demostró. A pesar de ello elaboraron un primer proyecto de colección, no tanto con obras concretas sino identificando los períodos más interesantes de una serie de artistas que sería deseable tener representados en el museo. En 1995 fue nombrada una nueva consejera de Cultura, Mª Carmen Garmendia, hasta entonces contraria al proyecto Guggenheim, que tuvo que hacerlo suyo y dejó en manos de Krens todo el asunto, disolviendo la comisión asesora. Durana, que estaba entonces dirigiendo la Sala Rekalde, fue contratado para redactar los informes técnicos y curiatoriales que la administración vasca necesitaba —surgidos de su seno— para efectuar los pagos de las primeras adquisiciones para el museo, que aún no contaba con el personal que pudiera hacer ese trabajo. Las propuestas “venían siempre desde Nueva York, con piezas fijas y precios ya negociados y cerrados. Hice unos 40 o 50 informes en los cuales, por lo habitual, señalaba que los precios me parecían disparatados por sobreelevados —cuando se suponía que por su ventajosa posición de museo de prestigio podrían lograr precios muy favorables—, las obras propuestas no siempre eran interesantes —a veces eran mediocres— y, sobre todo, no se deducía por ninguna parte hacía dónde se quería conducir la colección que se iniciaba. El análisis de mercado que acompañaba cada propuesta solía estar firmado por la directora de Sotheby's en Nueva York, empresa con la que Krens hacía sus negocios, y consistía en una carta suya con membrete de la casa de subastas en la que, nunca en más de tres líneas, decía sistemáticamente que el precio le parecía ajustado a los precios del mercado y que, por tanto, recomendaba vivamente la adquisición de la obra propuesta”. Esa persona podía tener muy poca objetividad, según apostilla Durana, quien llama la atención además sobre el reciente paso de Lisa Dennison —muy involucrada en las compras para Bilbao— desde la dirección del Guggenheim a la misma casa de subastas con la que el museo ha firmado tantas y tan abultadas operaciones. Lo que se dijera en los informes vascos no importaba, pues se trataba tan sólo de un trámite administrativo. Cuando en 1998 el museo pudo ya contar con personal propio se rescindió el contrato de Durana.
Desde entonces, no hay un responsable visible. A través del acta de la mencionada comparecencia de la consejera en el Parlamento, que fue llamada para que explicara cómo es que se perdieron seis millones de euros por una mala gestión en compra de divisas y por qué el Guggenheim se negaba a decir cuánto ha costado cada obra adquiridaxxvi, nos enteramos que han desempeñado ese papel, en distintas operaciones, Carmen Giménez y Robert Rosenblum (ambos conservadores del museo en Nueva York), Francisco Calvo Serraller (muy cercano a Giménez), Rainer Michael Mason y Matthias Bärmann (colaboradores de Barañano, que ha tenido desde la sombra mucha mano en el museo), Phyllis Tuchman, Hans Ulrich-Obrist, Emmanuel Guigon, Fernando Castro Flórez y Juan Manuel Bonet.
He pedido a Fernando Castro Flórez que me confirmase si efectivamente él ha avalado alguna compra del museo y me ha dicho, sorprendido y enojado, que no es cierto. También a Hans Ulrich Obrist, que responde categóricamente: “Nunca he pertenecido a ningún comité en Bilbao, no he tenido ningún tipo de relación con el Guggenheim y no conozco a la gente que trabaja allí. El único contacto que tuve con el museo fue cuando me pidieron que escribiera un pequeño texto sobre Gilbert and George para un catálogo, y lo hice. Estaría mal que el gobierno vasco extrapolase que ese escrito para un catálogo significa que soy asesor del museo”. ¿Cómo puede utilizar la consejera sus nombre? ¿Se trata de una mentira deliberada para justificar la pasividad de la Sociedad Tenedora? Juan Manuel Bonet, por el contrario, ratifica que sí escribió en una ocasión un informe “puntual y breve”, a petición de Vidarte, para la adquisición, cree recordar, de una obra de Chillida, y alude con humor al “secretismo inicial” de los tiempos en que formó parte de la comisión asesora, cuando, en sus frecuentes visitas a Bilbao, “si me encontraba en la calle con algún amigo o conocido, tenía que hacer como si hubiera ido a tomarme unos pinchos. Etapa en la que vimos bastantes cosas —tanto en España, como en Nueva York y Alemania— pero no llegó a comprarse nada”.
Krens, siempre tan franco, explicaba así el proceso actual: “Hay cierto grado de discreción y cierto grado de transparencia final. Cuando introducimos una propuesta de adquisición nuestros curadores escriben un argumento para documentar por qué es importante. Entonces obtenemos tres estimaciones por escrito de reconocidos expertos como Sotheby's, Christie's y alguien más independiente que testifican su valor. Con la tasación del mercado en la mano hago una presentación al comité que tiene que aprobar la adquisición. No aprueban todo lo que proponemos, aunque sí la mayoría de las cosas, porque están muy documentadas y hechas muy profesionalmente, y finalmente se convierten en parte de los documentos públicos, pero no llevamos a cabo este proceso en la prensa nacionalxxvii”.
Y ¿qué se ha comprado en estos años? La colección actual se compone de 85 obras de 47 artistas que han costado unos 90 millones de euros. Muy pocas para diez años. En ajustadas palabras de Javier Viar, actual director del Museo de Bellas Artes de Bilbao e integrante de la primera comisión asesora del museo vecino, se trataría de una colección pequeña comprada a “precios americanos”xxviii. La cual tiene como una de sus misiones prever un “contenido” para el museo en caso de que, dentro de otros diez años, cuando concluya el plazo del acuerdo con la Fundación Guggenheim, éste no se renovara. Si continúa el ritmo de compras actual, pongamos que el Guggenheim Bilbao poseerá 170 obras en 2017. Un pobre acervo, por importantes que sean las piezas. El MUSAC de León, que se inauguró en abril de 2005, tiene en la actualidad 910 obras de 316 artistas, con un presupuesto anual para adquisiciones de un millón y medio de euros. Dentro del País Vasco, se considera que la colección más sólida es la del Artium de Vitoria, con sólo 400.000 euros anuales para adquisiciones y centrada en arte español y vasco, pero con una experiencia de décadas —heredada del Museo de Bellas Artes de Álava—, una constancia y una atención a los artistas que despuntaban en cada momento que han dado sus frutos.
¿Cómo se entiende desde Nueva York lo que debe ser la colección de la sucursal vasca? De los 47 artistas representados en la colección, 20 son españoles. Es una buena proporción. Aunque Zulaika diga, exagerando sólo un poco, que sólo se compra a los españoles que viven en Nueva York o están en el mercado americanoxxix. El impacto directo en el mercado del arte español es pequeñísimo, y en el vasco prácticamente nulo pues, para efectuar las compras, se prefieren las casas de subastas internacionales y las galerías de Madrid. La liaison de Krens con Sotheby's es notoria. El episodio quizá más reprobado de su carrera es el de la venta, a través de esta casa de subastas, de varias obras importantes de la colección Guggenheim —Kandinsky, Chagall, Modigliani— para hacer frente a las dificultades financieras de la institución. En la sucursal de Viena compró también obras de Beuys para el Guggenheim Bilbao que luego resultaron ser falsasxxx.
Examinado lo comprado, se podría deducir que son dos los principales criterios que rigen las compras: la firma y el tamaño. Desde un principio, se decidió que en el museo sólo entrarían artistas de primera categoría. Son, en efecto, casi todos bien conocidos, bien situados en el mercado y con obras pictóricas y escultóricas de marcado carácter objetual. Cualquier colección desearía tener en su catálogo al 95% de ellos, aunque no siempre con las piezas de Bilbao. La firma es importante no sólo como garantía de “inversión” sino también porque funciona como “marca”, característica muy apreciada en el contexto del consumo, también el cultural. Lo gracioso es que a veces parece haberse comprado por metros cuadrados. No tanto grandes obras de arte como obras de arte grandes. Los más de 10 metros de largo del Warhol, los 7 del Rosenquist, los 4'5 del Rothko, los 11 del Gilbert and George, los 6 del Tàpies, los 8'5 del Urzay... o los 12 que suman los nueve paneles de la última adquisición del museo, de Cy Twombly, que han costado entre 20 y 22 millones de euros, sobrepasando en mucho el presupuesto anual. Lo mismo cabe decir de la escultura monumental dentro y fuera del museo: los impresionantes hierros de Richard Serra, las Venus españolas de Jim Dine (más de 7'5 metros de altura—, el perrito de Jeff Koons (más de 12) o la descomunal araña de Louise Bourgeois... Las dilatadas dimensiones de los espacios arquitectónicos piden, parecen pensar los responsables de las compras, obras gigantes. Los nuevos museos, como señala Andrea Fraser, tienen la obsesión de crecer. Los grandes espacios y el arte grande atraen al gran públicoxxxi. Curiosamente, dice también Fraser, los dos espacios para el arte más grandes de Europa, el Fish del Guggenheim y la Turbine Hall de la Tate Modern, se dan en “grupos museísticos” que siguen la política de expansión mediante sucursales. El tamaño es uno de los factores clave de la espectacularización. Hal Foster saca conclusiones de esta tendencia, expresada de forma consumada en el Guggenheim Bilbao, que afecta a la correcta comprensión de las obras de arte: “Como otros muchos nuevos museos, sus espacios colosales están diseñados para alojar el arte de 'campo expandido' posterior a la II Guerra Mundial de Andre, Serra, Oldenburg y sus variados sucesores. En realidad, estos museos falsifican el arte: utilizan la gran escala de la escultura, concebida para desafiar al museo, como pretexto para inflarlo hasta convertirlo en un gigantesco espacio-espectáculo que se traga al arte y no digamos al espectador”xxxii.
Pero la colección propia es, supuestamente, un complemento para la gran colección Guggenheim internacional. Se podría pensar que la mera posibilidad de que el ciudadano vasco y español pueda gozar de las colecciones de Nueva York y Venecia justifica plenamente la operación. Sería cierto si verdaderamente hubiera en Bilbao una presentación continuada y nutrida de esas colecciones. Pero no es del todo así. A veces no hay nada. Las exposiciones temporales ocupan gran parte del espacio disponible y, como dice Esteban, las presentaciones de la colección permanente americana, que se suelen limitar a un artista o un momento histórico, no pasan habitualmente de las veinte obrasxxxiii. Tal vez lo ocurrido en Bilbao haya decidido a las autoridades venecianas a rechazar en abril de 2007 el proyecto del Guggenheim para la Dogana, en favor del coleccionista francés François Pinault: “la propuesta de la Fundación Guggenheim no especificaba qué obras estarían expuestas permanentemente en el museo” dijo Luigi Bassetto, director de Patrimonio en Venecia, a France-Presse. Por contra, el proyecto para Abu Dabi, con sus graves contradicciones, va adelante y a partir de ahora muy directamente supervisado por Thomas Krensxxxiv. El pasado noviembre se comunicaron datos del acuerdo: el gobierno del emirato nombrará un comité que administrará las adquisiciones y los encargos para crear la colección propia “aunque los profesionales del Guggenheim en Nueva York harán recomendaciones”. Krens ha reconocido que no tendrá “carta blanca”xxxv. Así iba a ser en Bilbao.
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Es evidente que la exposición temporal es, después del edificio, la gran herramienta de atracción de visitantes. Y, tras los fastos de la apertura del museo, fuente inagotable de actividad política y de patrocinio, a través de inauguraciones, ruedas de prensa, cenasxxxvi... Pero también el programa de exposiciones se decide en Nueva York. Y aquí, el compromiso con el medio artístico vasco y español brilla por su ausencia. Si en la colección encontrábamos más o menos un 40% de nombres españoles —aunque la proporción de la inversión total en adquisiciones sea mucho menor—, el repaso pormenorizado de las muestras realizadas en estos diez años resulta muy decepcionante en cuanto al apoyo a lo propio. Pero es muy instructivo porque revela que sí existen unas ideas rectoras.
En primer lugar, las grandes exposiciones históricas, realizadas por motivos estratégicos para la Fundación Guggenheim, que son sólo tres: las dedicadas a China, Rusia y el imperio azteca, más una de autobombo, Art in the USAxxxvii. Las negociaciones con los gobiernos de esos países para instalar sucursales en ellos explican la insólita atención a esas venerables culturas por parte de un museo de arte contemporáneo. En segundo, muestras fáciles, de relleno, que se traen en bloque de otros museos con los que la fundación tiene acuerdos de colaboración: el Hermitage de San Petersburgo —Rubens y su época— el Kunsthistorisches de Viena —la de obras maestras que se inaugurará en 2008— o la Albertina —De Durero a Rauschenberg; Miguel Ángel y su tiempo—. En tercero, también de conveniencia para Nueva York, colecciones particulares que la fundación codiciaba: la Blake-Purnell de arte figurativo —que ha acabado en el Boston Museum of Fine Arts— y la famosa de Eli Broad —quien en enero anuló la prometida donación al LACMA en Los Angeles, días antes de que se inaugurara allí un anexo que lleva su nombre, el Broad Contemporary Art Museum, y ha decidido ahora que se limitará a prestar obras a distintos museos—; en el caso de la colección de fotografía de Henry M. Buhl, miembro y ex-presidente del Comité de Fotografía del Guggenheim de Nueva York, se trató, deduzco, más bien de un agradecimiento por la dedicación y los fondos para adquisiciones que ha entregado al museo. No tengo noticias, por el contrario, de que el Guggenheim tenga compromisos o intereses declarados en relación a la colección de Jean Pigozzi, con la que se montó 100% África. Cuarto tipo de exposiciones, las que no son de arte pero se venden a cambio de un buen patrocinio y atraen muchos visitantes: las motos y Armani. Quinto, las más interesantes, que analizan relaciones artísticas y culturales o profundizan en un momento histórico, como Pintores, escultores y la cámara, Arquiescultura o Amazonas de la vanguardia. Sexto, las más abundantes, presentaciones monográficas de artistas célebres, la mayoría americanos: Rauschenberg, Frankenthaler, Warhol, Serra, Salle, Calder, Clemente, Paik, Rothko, Rosenquist, Dubuffet, Kiefer. Séptimo, arte vasco y español, que se cuentan con los dedos de las dos manos: Iglesias, Chillida, Valdés, Oteiza, Palazuelo, La torre herida por el rayo, Incógnitas. Cartografías del arte contemporáneo en Euskadi y Chacun à son goût. No se deben considerar exposiciones las mínimas presentaciones de fondos propios de Saura, Miquel Navarro, Lazkano, Jáuregui, o las colectivas Arte contemporáneo vasco y español y Transparencias, ésta con sólo cinco obras también pertenecientes al museo bilbaíno.
El libro de Iñaki Esteban, que es muy crítico en algunos aspectos y además refleja justamente la ausencia de crítica en los medios de comunicación hacia las interesadas operaciones de la Fundación Guggenheim a cuenta de los vascos, no censura sin embargo la falta de enjundia del programa expositivo del museo. En su opinión, como el Guggenheim se justifica por su función cultural hace lo posible por mantenerla. El autor rechaza dos extremos evidentes: que el museo de Bilbao sí es una sucursal del neoyorquinoxxxviii y que se ha rendido al espectáculo a través del “aligeramiento de contenidos”xxxix. Pretende demostrar su postura poniendo como ejemplo las dimensiones casi inabarcables de la exposición de China. Sin embargo, la mayoría de las exposiciones han sido pequeñas y perfectamente asimilables. Es verdad que no pueden calificarse de “traca festivalera”xl, pero tampoco se puede hablar de una línea seria de trabajo expositivo. Y me parece que yerra, mostrando poco aprecio por la creación actual, cuando dice que el Guggenheim Bilbao ha tenido “inclinación a mostrar lo más efectista del arte contemporáneo, un aspecto inevitable dentro del mismo panorama artístico de nuestros días, en el que ya nadie se dedica a las miniaturas flamencas o a similares realizaciones logradas con talento y paciencia”xli.

GU
En cualquier caso, como dice Zulaika, si una exposición no llega al medio millón de visitantes se considerará un fracaso. Cifras que, piensan los responsables del museo, los artistas locales no podrían conseguirxlii. A día de hoy, el Guggenheim no ha logrado normalizar sus relaciones con el medio artístico vasco. El Gu de la publicidad cumpleañera no acaba de convencer. Todo deriva de que, como concluye Andrea Fraser, el Guggenheim Bilbao es menos el resultado de una política cultural que el producto de una política económicaxliii. La artista demuestra haber comprendido bien la esencia del proyecto cuando explica que el partido nacionalista firmó un acuerdo que excluía lo nacional pero implicaba una maniobra anti-Madridxliv. En este sentido, y en ningún otro, resulta coherente el prolongado empeño por parte de los responsables políticos del museo de trasladar el Guernica a Bilbao, subrayado por Estebanxlv.
Los artistas vascos no se sienten vinculados al museo, e incluso llegan a profesarle animadversión. Cuando Juan Luis Moraza intentaba el año pasado montar en tiempo record su Incógnitas. Cartografías del arte contemporáneo en Euskadixlvi, se encontró con que varios artistas destacados se negaron a llevar sus obras al Guggenheim. Desde el museo no se ha fomentado la producción y los profesionales no han sido invitados a involucrarse en sus dinámicas. El hecho de que no haya en él apenas personal dedicado al trabajo más puramente artístico —como dice Esteban, hay sólo dos comisarios fijos en plantilla, frente a los muchos abogados y economistas contratadosxlvii— no favorece el diálogo con comisarios, críticos, artistas... Como casi todo el trabajo curatorial se hace en Nueva York —e incluso allí el protagonismo del comisario se supedita a la marca Guggenheimxlviii— apenas ha habido especialistas españoles en las exposiciones del museo: González de Durana, Kosme de Barañano, Manuel Borja-Villel, Txomin Badiola, Rosa Martínez y Juan Luis Moraza han sido, creo, los únicos que han firmado alguna muestra. El museo bien podría mantener un pequeño programa de formación de jóvenes comisarios. No lo hay, como tampoco se ha favorecido, hasta ahora, el debate en su seno. Un museo de arte contemporáneo activo, eficiente y comprometido debería ser siempre un centro de arte desde el que se apoya la creación, funcionando como punto de encuentro no sólo de los profesionales del arte con sus pares, sino también de éstos con el público. Pero el nuevo museo turístico no está para eso.
La publicidad institucional del museo prometía convertir Bilbao en un gran centro cultural y artístico. Decía Jon Azúa que “liderar el mundo de los museos atrae y afianza la presencia de artistas, de educadores, coleccionistas, gestores, gobiernos, patrocinadores, ejecutivos y, sobre todo, fomenta la imaginación”. Algo de esto sí ha habido, según me confirma Ignacio Múgica, uno de los directores de la galería Carreras Múgica, antigua Colon XVI, que abrió cuatro años antes de que se inaugurara el Guggenheim. Antes del museo, para el mundo del arte internacional Bilbao no existía. Ahora, cuando una galería va a una feria en el extranjero es fácil que sus interlocutores sepan dónde está la ciudad e incluso la hayan visitado, comprobando que hay vida artística en ella. Es menos difícil convencer a un artista foráneo, dice el galerista, para que exponga allí, y a los coleccionistas europeos —y españoles— les da menos pereza desplazarse, por lo que las ventas se han animado bastantexlix. Luego veremos cómo ha afectado al coleccionismo local. Es también verdad que en el País Vasco se han creado nuevas infraestructuras artísticas en estos años —Artium y Montehermoso en Vitoria; los museos de Chillida y Oteiza, Sala Kubo en el Kursaal y Tabacalera en San Sebastián...—. En Bilbao se ha desdoblado la sala de la BBK, se ha creado el centro de producción BilbaoArte y ha abierto alguna galería, aunque siguen siendo muy pocas: ocho en el plano-agenda “Bilbao Contemporáneo”. Ya está.
También se auguraba la proyección internacional del arte vasco. No parece que los artistas vascos hayan traspasado fronteras gracias al museo, aunque se reconozca el mayor movimiento que mencionaba Múgica. Anna Maria Guasch constata que el Guggenheim “no se hizo vasco”, a pesar de las promesas de Krens, y que la cultura vasca no ha influido en el programa del Guggenheim internacionall. Sólo Oteiza e Iglesias han llegado a la sede neoyorquina con individuales, y las obras de artistas vascos que posee la bilbaína nunca aparecen en las publicaciones de la constelación Guggenheim. Es muy significativo el relato que el periodista Kim Bradley hacía en Art in America de su experiencia como invitado de las autoridades vascas cuando se abrió el museo: “aparte de visitas superficiales a las esculturas públicas de Chillida y al Museo de Bellas Artes de Bilbao, no se nos hizo mención de la escena artística actual, de artistas, galerías o espacios alternativos, otros museos regionales o escuelas de arte”li.
En este último año ha habido algunos signos que indican al menos una nueva disposición. Que se hayan organizado dos colectivas dedicadas al arte vasco en un solo año constituye todo un récord. En marzo de 2007, el museo puso en marcha junto a la mencionada agrupación de galerías un sistema de apoyo al coleccionismo particular entre los “Amigos del museo” —que son muchos, más de 16.000lii—: el Club de Compra Bilbao Contemporáneo, con sólo dieciséis obras ofertadas, dos por galería y un sistema de pago por cuotas mensuales. La respuesta fue casi inaudible: no llegaron a la docena las obras vendidas (con un precio de 1.000 o 2.000 euros), pero los galeristas están contentos porque el museo ha demostrado que desea apoyar su labor, y esperan que en la próxima campaña se explique mejor la disponibilidad de obras adicionales y haya más interesadosliii. Ignacio Múgica, a pesar de que el negocio va mejor, tiene claro que no han surgido muchos más coleccionistas en Bilbao y que pretender que el Guggenheim invierta una parte de su presupuesto de adquisiciones en las galerías de Bilbao es “pedir imposibles”. Y, sin embargo, al museo no le costaría mucho hacerse con una buena representación del arte vasco de las últimas décadas. Con lo que han costado los Twombly sobraría pero, pensando en el futuro, con que se reservara una décima parte del presupuesto anual de compras para los artistas vascos se podría ir avanzando rápidamente.
Vidarte parece más receptivo a las demandas del mundo artístico: si Moraza, un artista relativamente bien tratado por el museo, aceptó hacer el comisariado mencionado fue a cambio de un compromiso por parte del director de ser constante en el “seguimiento museográfico del contexto regional” a través de exposiciones “temáticas, históricas, proyectivas, retrospectivas, personales, colectivas, culturales, etc.”liv. La muestra de Moraza, que era sobre todo documental, se concibió como un “prefacio” de un proyecto de “confección progresiva de una cartografía del arte moderno y contemporáneo en el País Vasco”. Además, el mismo artista ha dirigido en estos meses un ciclo de conferencias y mesas redondas titulado Artes suspensivos. Foro de arte contemporáneo en el País Vasco en el que han participado artistas y especialistas de diversas generaciones y que han tenido como marco el salón de actos del museo.
Lo que no ha cambiado es la clarísima vocación empresarial que el Guggenheim Bilbao ha tenido desde su misma concepción. Necesita al gran público pero, en la misma medida, necesita al capital. Por una parte tiene la presión de la autofinanciación y por otra debe cumplir la promesa de funcionar como imán para inversores en la ciudad. Jon Azúa define el Guggenheim como símbolo del “apoyo a los congresos económico-culturales de primer nivel” y “fuerza motriz de las compañías vascas”lv. Como dice el artista Hans Haacke, citando un folleto del Metropolitan, ““El negocio del arte conoce el arte de los buenos negocios”lvi. El trabajo de captación de patrocinadores realizado por el Guggenheim ha tenido repercusiones —cada cual opinará si positivas o negativas— en la extensión de la práctica del patrocinio en la región, que ha llegado con menos dificultad que antes a otras instituciones artísticas; éstas, por otra parte, se ven obligadas a competir con el atractivo y la presencia mediática del museo de Bilbao para seducir a sus benefactoreslvii. La atención prioritaria a las empresas es una consigna heredada de Nueva York y reforzada en el contexto vasco. La web del museo neoyorquino presenta sus actividades en este terreno con una expresión de significado inconfundible “Corporate entertaining” y con la siguiente explicación: “En sus cinco diferentes ubicaciones —incluye Bilbao—, el Museo Guggenheim ofrece varios espacios arquitectónicos únicos para que los miembros corporativos —se refiere a sus patrocinadores— reciban a sus clientes, colegas, empleados y otros invitados”. En Bilbao, los espacios disponibles son el atrio, el auditorio, el vestíbulo, la cafetería y el aula de educación. El departamento encargado de atenderles tendrá mucho trabajo: son 148 los miembros corporativos, entre instituciones y empresas. A pesar de ello, el porcentaje de autofinanciación del museo descendió en 2007 del 75% al 65%.
Lamentablemente, los vascos visitan cada vez menos el museo: sólo un 6% de los visitantes en 2007, unas 60.000 personas. El precio de la entrada, que debe ser el más caro de España (10,50 euros), seguramente habrá influido en la falta de fidelidad. Algo que debería preocupar a los responsables políticos, pues los museos —los de antes y los de ahora— tienen la obligación de trabajar para los ciudadanos, no para los políticos o sus patrocinadores. Y más cuando se nutren de nuestros impuestos. Estamos en un momento extraordinario en cuanto al interés que un público cada vez mejor informado muestra hacia el arte contemporáneo. Una buena gestión museística debería aprovechar ese deseo de aprender y de participar defendiendo una misión y una programación en las que el contenido prime sobre el continente. El Guggenheim es lo que se firmó que fuera: el margen de maniobra es limitado, pero existe la posibilidad de que desde la sociedad vasca y desde sus órganos de gobierno se exija mayor transparencia y una vocación de servicio público más clara.
La ocasión de imprimir un giro al museo se ha presentado. El 28 de febrero se hizo público que Thomas Krens abandonaba la dirección de la Fundación Guggenheim para centrarse en el proyecto de Abu Dabi. Continuará siendo “consejero para asuntos internacionales”, lo que seguramente prolongará en alguna medida su influencia en Bilbao, pero las condiciones en las que se ha producido su cese hacen pensar que ya no llevará la voz cantante. El patronato de la fundación ha dejando de apoyar sus desproporcionados planes expansionistas, y se muestra más preocupado por restituir al museo de Nueva York el prestigio perdido y, sobre todo, por las enormes dificultades para encontrar un buen director para él, tras la marcha de Lisa Dennison en julio, mientras Krens estuviera al mando. Aquí tardaremos en sentir los efectos del cambio. La empresa cazatalentos Phillips Oppenheim debe buscar al sucesor de Krens —a la vez que intenta localizar un sustituto para Philippe de Montebello en el Metropolitan—, y habrá que ver hacia dónde quiere caminar la “constelación” Guggenheim. Vidarte y sus patronos políticos disponen de unos meses para replantearse sus objetivos y sus procedimientos, y mantener después un diálogo más equilibrado con los estadounidenses.

Notas
1 Autor éste del primer estudio sobre la génesis del museo, publicado por Nerea en 1997: Crónica de una seducción:
El Museo Guggenheim Bilbao.
2 “Art’s audiences become artworks themselves”: así titulaba Michael Kimmelman su crítica de la exposición de
Struth en la galería Marian Goodman. The New York Times, 10 de abril de 2007.
3 Ahora mismo se trabaja en Venecia en el acondicionamiento de la Dogana para la colección del francés Pinault; en
Berlín, el grueso de los expuesto en la Hamburger Bahnhof pertenece al polémico Friedrich Christian Flick; en
Valladolid, tenemos la Colección Arte Contemporáneo en el Patio Herreriano.
4 "When the building is this good, who gives a fuck about the art?" Philip Johnson, citado en "53 Design Classics,"
One Magazine, april/mayo de 2001), p. 64.
5 Esteban lo cita y puntualiza que, de momento, el museo no puede prescindir del arte. O sí. Se extiende el formato
“Centro de interpretación”, que encanta a ayuntamientos y comarcas con algún atractivo natural o patrimonial, y
que se monta con unos cuantos paneles interactivos, proyecciones e ingenios tecnológicos. Y ya hay quien se
atreve a llamar museo a algo que no lo es ni por asomo, como el MAM o Museo Abierto de Mérida, con diseño de
Rafael Mesa, que es sólo un centro de información y recepción de turistas, con tienda y restaurante.
6 Deborah Solomon, “Is The Go-Go Guggenheim Going, Going...”, The New York Times, 30 de junio de 2002. Cita
también al pintor Frank Stella, que ve otras motivaciones: “La gente que pone el dinero confía en el valor del
edificio; saben que no les están timando. No quieren gastar 60 millones de dólares en un Van Gogh porque piensan
secretamente que la propiedad inmobiliaria los vale y el cuadro no”.
7 Hal Foster, “Why all the hoopla?”, London Review of Books, 23 de agosto de 2001.
8 Se acaba de inaugurar el Caixaforum de Madrid, con diseño de Herzog & De Meuron. La rueda de prensa estaba
atestada, con numerosos corresponsales extranjeros que jamás se habrían molestado en ir a conocer cualquier
otro centro cultural de una caja de ahorros española. Estaban allí por la arquitectura. Y, de nuevo, el conservador
programa con el que arranca el centro -¡esculturas de Mitoraj!-contrasta con la decidida apuesta por la vanguardia
arquitectónica.
9 Guasch y Zulaika citan a Vittorio Magnano Lampugnani: museos como obras de arte que albergan otras obras de
arte, en segundo plano. “Aprendiendo del Guggenheim Bilbao. El museo como instrumento cultural”, Aprendiendo
del Guggenheim Bilbao, p. 16.
10 Guasch y Zulaika, p. 17.
11 En el citado artículo de Solomon: “As Krens says, 'The Frank Lloyd Wright building is the greatest work in the
collection'”.
12 Sophie Calle mostró la serie Exquisite Pain. El montaje se hizo en la sala Rotonde1.
13 Guasch y Zulaika (p. 17) señalan que es James Cuno —“Against the Discursive Museum” en Peter Noever (ed.),
The Discursive Museum, Hatje Cantz, Viena, 2001 p. 45— quien ha definido ese paradigma del “exciting museum”.
14 Andrea Fraser, “No es un lugar maravilloso?”, en Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 45.
15 Joseba Zulaika, “Bilbao deseada”, en Aprendiendo del Guggenheim Bilbao p. 163.
16 Iñaki Esteban, El efecto Guggenheim, p. 17. Guasch y Zulaika (p. 15) sitúan el origen de la “museificación
globalizada” en el Centro Pompidou de París, que descubrió un nuevo tipo de público, “más cercano a la industria
del turismo y la revitalización de las economías urbanas”.
17 Entrevista de Estibalitz Ezkerra en Euskonews & Media, nº 91, 15 de septiembre de 2000.
18 Zulaika, p. 164.
19 Jon Azúa, “El Guggenheim Bilbao: estrategias coopetitivas”, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 95.
20 Esteban, p. 21
21 Entrevista de Maite Redondo en Deia. En la web del periódico, sección “Especiales”.
22 Esteban, p. 141: “dinero público y decisiones privadas”.
23 Entrevista de Mercedes Gallego. Especial “10 años”, El Correo Digital. En la web del periódico, sección “Especiales”.
24 Como dice Esteban (p. 27), el debate cultural sobre si es un museo espectáculo no importa. Pesan más los ataques
políticos y económicos que son los que llegan a los periódicos y a la arena política.
25 Se puede consultar el acta de su intervención en la web del Parlamento Vasco:
www.parlamento.euskadi.net/pdfdocs/publi/3/07/05/20040511.pdf
26 Y no la convencieron: sigue siendo secreto, aunque sí se conoce el gasto global, de unos seis millones de euros al
año.
27 Entrevista de Mercedes Gallego. Especial “10 años”, El Correo Digital.
28 Javier Viar, “El Guggenheim, un socio para las artes”, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 112.
29 Zulaika, p. 165. También Viar señala la conexión con Nueva York como criterio de compra (p. 113).
30 Zulaika, p. 171.
31 Fraser, pp. 60-61.
32 Foster.
33 El autor calcula un 15% del espacio para la colección (pp. 70 y 76). El año que viene, según ha anunciado el propio
museo, sólo habrá una presentación de la colección permanente de los museos Guggenheim: un conjunto de
instalaciones de Matthew Ritchie, David Altmejd, Candice Breitz, Omar Fast y Alexandra Mir.
34 Abu Dabi impide la entrada al país a ciudadanos israelíes o de cualquier otro país que tengan sellos de Israel en su
pasaporte. Se da la circunstancia de que el Guggenheim fue fundado por una familia judía, posee obras de
numerosos artistas de tal confesión y, en su sede árabe, será diseñada por el judío Gehry, como ha subrayado
Jerry Saltz. Además, sus leyes persiguen la homosexualidad (y hay tantos artistas de esa condición sexual y tantas
obras que la reflejan) y su sensibilidad no permite la exhibición de desnudos (qué decir de su abundancia en el arte
occidental moderno y contemporáneo). Krens tendrá que salvar situaciones difíciles, aunque la respuesta de los
intelectuales estadounidenses ha sido mucho menos airada que la de los franceses, que tendrán que ver cómo el
Louvre abre sucursal en Abu Dabi.
35 Información de Robin Pogrebin en The New York Times, 14 de noviembre de 2007.
36 Esteban, p.76.
37 Esteban, p. 75: cada vez que han existido negociaciones serias con un país para llevar allí el Guggenheim se ha
dedicado una gran exposición a su cultura. Pasó también con Brasil, que no llegó a Bilbao.
38 Esteban, p. 81.
39 Esteban, p. 25.
40 Esteban, p. 101
41 Ibid.
42 Zulaika, p. 164.
43 Fraser, p. 50.
44 Zulaika, p. 169: la cesión de soberanía política es impensable, pero aceptable la cesión de soberanía cultural.
45 Esteban, p. 118.
46 La propuesta de Rosa Martínez, tan lejana a la visión del arte vasco que tiene el museo, había producido vértigo a
Vidarte y quiso contextualizarla con una selección de la colección propia. Moraza propuso otra cosa.
47 Esteban, p. 70. El Guggenheim Bilbao no se presenta, dice, como un modelo de museo sino como un modelo de
gestión.
48 Lo dijo Lisa Dennison cuando fue nombrada directora en Nueva York. Tyler Green, “Krens Relinquishes The Ramps!
Ms. Dennison To Feed Starved Gugg”, The New York Observer, 2 de octubre de 2005: “Con Krens, las exposiciones
blockuster se organizaban desde la cumbre y la tarea curatorial era escasa. 'Creo que nuestros comisarios merecen
seguramente mayor visibilidad y prominencia de las que obtienen, sea por una razón u ora', dijo Dennison. 'Me
parece que si me preguntara quiénes son los cinco comisarios estrella en el MoMA le podría contestar tal, tal y tal.
Pero no me parece que el hombre de la calle en Chelsea pueda nombrar cinco comisarios estrella en el
Guggenheim'”.
49 Además, el Artium, el Museo de Bellas Artes de Bilbao e instituciones públicas como la Diputación de Vizcaya son
activos coleccionistas del joven arte vasco que más abunda en estas galerías locales.
50 Anna Maria Guasch, “Museos globales versus artistas locales”, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 197. El
propio museo, opina Guasch, es un non-site, desvinculado de la ciudad; una adaptación del diseño de Gehry para
el auditorio Walt Disney Hall en Los Ángeles. Y sus contenidos no tienen nada que ver con la tradición artística
vasca.
51 Kim Bradley, “The deal of the century - opening of the Guggenheim Museum Bilbao, Spain”, Art in America, julio de
1997.
52 El tercer museo europeo con más amigos, después del Louvre y la Tate Gallery.
53 Petra Pérez, de la galería Vanguardia: “Que el museo haya puesto a nuestra disposición la posibilidad de hacerlo
conjuntamente e informar desde sus publicaciones, es una oportunidad que no podemos desaprovechar”.
54 Carta de Juan Luis Moraza a los artistas en Euskadi, publicada en diversos medios de comunicación.
55 Azúa, p. 85.
56 Hans Haacke, “El Museo Guggeneheim: un plan de negocios”, Aprendiendo del Guggenheim Bilbao, p. 118.
57 Viar, p. 109: mientras el Guggunheim tiene 31 patrocinadores, el Museo de Bellas Artes sólo 9. Y 14.000 amigos en
el primero frente a 1.600 en el segundo (datos de 2004). Viar hace una crítica velada a su vecino al hablar de la
“realidad socioeconómica particular del Guggenheim” y al apuntar que “buena parte de las actividades del
Guggenheim se realizan a puerta cerrada y de espaldas a otras realidades circundantes”.





Belén Uriel. Full View

Habitación con vistas

Catálogo de la exposición en la Fundación Laxeiro, Vigo. Mayo-septiembre 2008



Full View, que le ha valido a Belén Uriel la obtención de la Bolsa Feima/Fundación Laxeiro a la Creación Artística, ha supuesto para la artista la posibilidad de ampliar el alcance territorial y social de una investigación continuada sobre la relación entre la arquitectura y el paisaje de un lado y sobre los convencionalismos asociados a la vivienda de otro. Los chalés pareados de la Playa de O Baleo son aquí al mismo tiempo escenario para intervenciones artísicas y “tema” de una serie de fotografías que son trasladadas a otro lugar en una segunda actuación sobre la realidad. El planteamiento de todo el trabajo abunda en desplazamientos físicos y conceptuales y, a causa de su pronunciada vinculación a un medio físico muy concreto, es además, como veremos, sensible a los avatares de la acelerada urbanización de la costa y los problemas que derivan de ella. Así pues, en este proyecto de múltiples estratos y de lecturas complementarias, se combinan una personal y coherente elaboración plástica, y la crítica a un proceso económico de gran impacto en una zona que conoce bien.

Es importante, para apreciar plenamente el significado de Full View, conocer la trayectoria de Belén Uriel. Su obra madura, cuyo arranque cabe fijar en 2003, ha destacado por su unidad: por la frecuencia de las referencias internas entre unas y otras piezas ―lo que denota una reflexión continuada sobre su propio trabajo― y por la permanencia de los conceptos que la sustentan, expresados a través de procedimientos variables en los que no obstante es posible igualmente detectar constantes muy reveladoras. Creo que una de las ideas germinales de su producción, que se desarrolla en diferentes direcciones, es la de “duplicidad” y/o “dualidad”. Que se propone ya en los mismos títulos de las obras, integrados casi siempre por dos palabras. Existe una dimensión como mínimo doble en el planteamiento de casi todo lo que hace y en su materialización. Otra característica muy marcada es que cada trabajo se ejecuta y se comprende en estratos o en “capas”. Es frecuente, de hecho, que se produzca una “superposición” material de elementos. Ya en su primera serie de fotografías de intervenciones en interiores arquitectónicos, titulada Espacios protegidos y que supone ese inicio de madurez que mencionaba, la acción consistía en “cubrir” por completo ―o casi― las paredes, ventanas, suelo y techo del estudio en el que la artista trabajó durante cuatro años, antes de irse a Londres, en un barrio madrileño en transformación de uso industrial a residencial. El recubrimiento se hizo con cinta adhesiva de la que utilizan los pintores de brocha gorda para delimitar las superficies a blanquear ―tarea que seguramente los pintores profesionales llevaban a cabo allí cerca, al mismo tiempo, en las nuevas promociones inmobiliarias―. El uso de esa cinta adhesiva insinúa la idea de “marco”, de acotamiento para la representación, que será importante en otros proyectos posteriores. Solo que aquí, contemplado desde la perspectiva actual, lo que parece sugerirse es la misma imposibilidad de la representación, pues la cobertura total del espacio con la cinta no deja lugar para la pintura y marca una especie de grado cero de la representación. En las obras de esta serie, que se agrupan en parejas, se emplea ya otra de las herramientas de las que la artista hará uso repetidamente: el emparejamiento de imágenes ―forma de duplicidad― que muestran una secuencia temporal o una variante de un mismo motivo o acción. En el caso de Espacios protegidos, la diferencia entre las primeras y las segundas fotografías está determinada por un distinto grado de “finalización”. Se delimita una “reserva” ―como hacen por ejemplo los restauradores cuando están realizando la limpieza de una pintura antigua― que muestra el espacio como estaba originalmente, se hace una primera fotografía y después se acaba el trabajo y se hace la segunda.

Hay otro asunto ligado al de la pintura sobre el muro y que es relevante en la obra de Belén Uriel. Se trata de la tradición de la representación ilusionista. Desde el Renacimiento, el cuadro se concibe como “ventana”. La superficie del lienzo, acotada por el marco, constituye la frontera entre el espacio real y el espacio fingido por medio de las recién formuladas leyes de la perspectiva. El marco puede también señalarse directamente sobre el muro, a través de elementos arquitectónicos como hornacinas, vanos, columnas o cornisas, reales o representados, que dan paso a espacios que desdoblan el real y que tienen otro estatus simbólico: a menudo arquitecturas o jardines palaciegos o aperturas de Gloria con ángeles y santos. Así, la arquitectura es hasta cierto punto negada, anulada por la ilusión. Es muy interesante comprobar cómo Belén Uriel ha recogido esa amplísima tradición para ponerla en cuestión y para expresar una duda básica sobre “las vistas” en la pintura y en la arquitectura. Indoor Landscape (Paisaje interior, 2003-2004) pone en marcha la maquinaria desmitificadora que la artista viene perfeccionando desde entonces. Como en otras obras posteriores, la representación ―si es que podemos hablar de tal cosa― se realiza con elementos plásticos reducidos al mínimo. Aquí, una amorfa superficie de color y una línea. En una nave de cemento ―la superficie menos noble― la aplicación sobre una pared de pintura blanca le sirve para desatar, con la ayuda de un sutil trazo dentado que sobrevuela la gran mancha, la asociación con uno de los más grandiosos subgéneros de la pintura de paisaje, y quizá el más intensamente romántico: el de las altas cumbres cubiertas de nieve. Un subgénero que retomará poco después en Borrowed View (Vista tomada en préstamo, 2005) que, de nuevo en una doble imagen y en el estudio madrileño citado, recrea las cumbres por medio del amontonamiento de pintura blanca en polvo sobre un grupo de mesas y cajas, y a través de la cubrición con una tela blanca de esa misma acumulación de volúmenes. Interesante la elección de los materiales: blanco de titanio y tela blanca, dos componentes básicos para la pintura, que nos retrotraen también a un grado cero de la representación. Y ambos funcionan como “capas” añadidas que abundan en la estrategia de superposición y que camuflan lo que hay debajo.

La carga cultural que pesa sobre el paisaje como género artístico es tan grande que aun cuando se pongan de manifiesto sus convenciones y sus falsedades queda en el aire un eco emocional, un sentimiento casi primario de empatía. Uriel experimenta con ese potencial del paisaje y explora sus límites, sometiendo a síntesis los componentes plásticos que maneja. En la segunda de las fotografías tituladas Indoor Landscape, que refleja una intervención realizada en el mismo lugar en que dibujó la “montaña nevada” ―una nave a punto de ser derruida para construir lofts de lujo― ensaya por primera vez la descomposición de la “emoción paisajística” en unidades cromáticas contiguas. En esta ocasión toma como base, significativamente, los ladrillos de un tabique que cierra un vano en el muro de hormigón. Esa disposición de materiales constructivos proporciona un “marco” en el que la pintura pueda tener lugar; un tipo de pintura que bien podría relacionarse ―en una interpretación muy forzada― con aquella tendencia del support-surface, pues hace coincidir exactamente soporte y superficie, respetando la estructura de la construcción de ladrillos: cada uno equivale a una unidad cromática. La estructura de rectángulos remite, por otra parte, al pixelado de la imagen digital, lo que añade un matiz de frialdad y distanciamiento a esta modalidad pictórica de “pinceladas” geométricas. No hay, por supuesto, formas reconocibles sino una evocación de vegetación, agua, tal vez flores, reflejos. En concreto, el muro de ladrillo “transparentaba” figuradamente un solar sin construir, asilvestrado, que había detrás de la nave y del que la maleza se había enseñoreado. Un proceso al que volverá en Full View.

Framed Paradise (Paraíso enmarcado, 2005) continúa esta investigación y la lleva a nuevos niveles de complejidad. Con este tríptico arranca una serie de fotografías de intervenciones en el estudio londinense de la artista que retoma una de las características de Espacios protegidos: la composición de la imagen está determinada por los ángulos de la arquitectura real. El escenario es siempre la misma esquina del estudio, en la que una larga mesa se sitúa ante una ventana. La mesa junto a la ventana. En numerosos autorretratos de escritores y artistas, la disposición de la mesa de trabajo o del caballete junto a una ventana no es en absoluto casual. Significa el hueco a través del cual la subjetividad del creador se comunica con el mundo. El estudio es un espacio mental y la ventana es de alguna manera el “ojo” que observa el exterior. En el mismo año en el que realiza Framed Paradise, Belén Uriel produce otro tríptico en el que investiga en los mismos asuntos, enfatizando algunas de sus claves. RGB Stages (Escenarios RGB, 2005) teatraliza la ventana, levantando a su alrededor una boca de escenario que “enmarca” la potencial perspectiva a través del cristal. Que contemplaríamos si nos lo permitiera, porque las ventanas, de una u otra manera, son siempre ciegas en la producción de la artista. Hasta Full View. Aquí, la perspectiva con la que se ha tomado la fotografía impide la “vista”. Se escenifica, por tanto, no el paisaje sino el “medio” a través del cual el paisaje penetra en el estudio. La estrategia de descomposición de la imagen en sus mínimos elementos significantes se realiza en estas obras citando ―de manera reveladora y en consonancia con la distancia que imponen las nuevas tecnologías― el método de definición del color más utilizado en imagen digital y en vídeo, basado en la síntesis aditiva de los colores primarios rojo (R, red), verde (G, green) y azul (B, blue).

En Framed Paradise la ventana del estudio se integra en una meditación sobre el paisaje expresada básicamente en términos de variaciones lumínicas. Las tres fotografías muestran una gradación desde una luz fría ―podríamos pensar que diurna, dominada por azules y verdes― hacia una luz crepuscular, anaranjada. La palabra “paraíso” remite a los ideales sobre la naturaleza y el paisaje, pero éstos son sólo sugeridos por las vagas atmósferas cromáticas, renunciando a la representación. Atmósferas “construidas” a través de unidades plásticas que son folios de colores. Como en Indoor Landscape, se recurre a la adición de formas rectangulares ―entonces ladrillos―; pero aquí el folio en blanco ―en el sentido de vacío, no por su color― de nuevo introduce la idea de grado cero de la representación, a la vez que hace referencia a los medios propios de la creación artística tradicional. La asociación del ladrillo y del folio refuerza el significado que éste adquiere como material de “construcción” en otras obras. En 25.000 folios A4 y un gato, instalación escultórica que formó parte de su exposición individual en la galería Vacío 9 en el año 2005, el apilamiento de los papeles, afianzado por la fuerza ejercida por un gato mecánico desde el techo, forma una columna blanca perfecta. La columna es un “soporte”, palabra con significados arquitectónico y artístico, y la lectura que podríamos hacer de la consideración conjunta de las obras en que se utilizan los folios es la de una crítica de las convenciones que afectan a todos los pasos de la representación, comenzando por la elección de las superficies en las que tiene lugar, y la de la posibilidad de llevar el análisis de las mismas, influido por las herramientas digitales, a la descomposición en unidades mínimas.

En Framed Paradise la mesa se muestra cubierta de pétalos de flores. Frente a la suma abstracción del paisaje reducido a un clima lumínico, la literalidad de los elementos vegetales. Pero, ah, son falsos. Son flores de papel o tela, adquiridas en comercios baratos. No se nos oculta, pues bajo la mesa han quedado, en bolsas, los “tallos” desechados. La artista menciona que esta serie alude al formato arquitectónico de “invernadero”, y puede entenderse así en varios sentidos. La asimilación de estudio e invernadero se basa en la condición de lugar cerrado en el que se dan procesos de creación y crecimiento; los cristales imprescindibles en cualquier invernadero son “representados” por la ventana del estudio, con las mencionadas implicaciones simbólicas. También puede pensarse en la artificialidad que el cultivo en invernaderos supone respecto a la vida natural de las plantas, sujeta a los rigores del invierno. La palabra “artificial” incluye la misma raíz de “arte”, que siempre supone la aplicación de una u otra tecnología, una modificación de lo naturalmente dado. Y el arte ocurre en el estudio; además, como algo en continua “regeneración”, según se encargan de subrayar los restos materiales de anteriores intervenciones que permanecen en las imágenes. Con esta comparación, Uriel avanzaría en la estrategia de deconstrucción de los tópicos representativos. E incluso podemos suponerle un sutil matiz humorístico a la misma, pues la transición de la luz hacia el naranja trae al recuerdo las orangeries palaciegas, la forma más elegante y artificiosa de cultivo invernal bajo vidrio.

Podemos igualmente adivinar un componente irónico en el díptico Rise Set (Escenario de amanecer, 2006), que desarrolla la relación entre interior/exterior y la “construcción” de los tintes de la luz sobre la pared mediante la yuxtaposición de folios pero que introduce un pequeño movimiento caótico en el orden establecido. Los folios se han extendido al suelo y han desaparecido las citas “literales” a elementos naturales, con lo que la abstracción de la representación y la relativa ocultación del espacio real son mayores. Eso en la primera imagen porque en la segunda el ligero descolocamiento de algunos de los folios y el desprendimiento de otros pone en evidencia las conscientes debilidades del procedimiento, su imposibilidad de éxito. Nunca hemos dejado de ver el espacio real; no hemos salido del estudio. Sólo hemos imaginado precariamente un paisaje.

Esta línea de reflexión se cierra, provisionalmente, con otro díptico, Colour Assembly (Ensamblaje de color, 2007) que lleva al paroxismo el sistema de “alicatado” de la pared con unidades de color-luz. Como en Espacios protegidos, la breve secuencia muestra dos estados de finalización. En el ámbito de la gráfica se habla de “prueba de estado” para denominar las estampas que se hacen en diversos momentos del trabajo sobre la plancha... que también desvelan los métodos, los “trucos” del grabador para hacer surgir las formas, las figuras y las sombras. Esa forma de proceder no es tal vez ajena a la consciencia de la artista pues, recordemos, tituló RGB Stages (que significa tanto escenario como estado) un tríptico anterior. La primera fotografía sería entonces una prueba de estado hacia la segunda, en la que la anulación del espacio real va más lejos que en obras anteriores en esta misma línea. El grado de abstracción es mayor, pues los colores utilizados no se corresponden con un paisaje natural, y el “camuflaje” es más completo. No hay muebles ni objetos, sólo los ángulos de la habitación, y la realidad de fondo es más arquitectónica ―alude a las piezas de un juego de construcción infantil― que natural.

Camuflaje y ángulos son los leitmotifs de otras dos parejas de imágenes, producidas en 2006. Bindweed (Enredadera, 2006) plantea una interpretación muy atrayente del ornamento como algo que se extiende de forma virtualmente infinita y que se relaciona en más de un sentido con la arquitectura. Aquí tenemos el ángulo del estudio con paredes y techo cubiertos por una supuesta enredadera que no pretende tanto ser una representación de la planta como exponer la idea de una decoración “que trepa” y se ramifica. Algo metafóricamente vivo, que crece por adición de unidades ―las mismas flores artificiales― o como continuación de una lógica en el diseño. Esto último se vislumbra en el suelo del estudio, con un dibujo ortogonal en espiral que topa con la pared pero podría seguir desenvolviéndose en el espacio. Volveremos sobre los diseños ornamentales. En Camuflaje (2006) se confrontan dos formas de ocultación del espacio real, basadas ambas en abstracciones vegetales. La primera fotografía muestra la esquina del estudio que ya conocemos bien completamente cubierta de los falsos pétalos de flores. La ficción no ilusionista recurre otra vez al uso de una unidad plástica uniforme y que se repite y se extiende, y sugiere sin acudir a la representación la idea de jardín. Jardín interior, de invernadero. La segunda pone en juego un diseño más elaborado, utilizando el clásico dibujo de camuflaje, de connotaciones militares, recortado en papeles de los colores reglamentarios. Curiosamente, la ventana real ha quedado disimulada bajo el dibujo y, por primera vez en esta serie de intervenciones en el estudio, se ha fingido, esta vez con ánimo sí ilusionista ―aunque sin pretender engañar al espectador― una ventana en ángulo que ocupa parte de las paredes laterales y su encuentro con el techo. Las manchas del dibujo clásico de camuflaje, que es una forma de abstracción del paisaje ―y en concreto de la maleza, sobre la que después volveremos―, parecen haber cobrado vida y fluctúan entre los recuadros de la falsa ventana, subrayando la condición metafórica de ésta, como hueco a través del cual exterior e interior se intercomunican.

Más formas de emparentar color, ornamento y “vistas” en Three Lines Pattern. En 2006, la artista llevó a cabo su primera intervención en un espacio público, la Torre de San Agustín (St. Augustine Tower) en el barrio de Hackney, Londres, como parte de una exposición titulada The Tales of Hoffman, patrocinada por el Arts Council England. La torre, del siglo XVI, es el único resto de la iglesia del mismo nombre ―de fundación templaria y visitable sólo en ocasiones― y en ella Uriel interpuso en los vidrios de la ventana de la primera planta unas impresiones digitales en plástico transparente que reproducen la tapicería de los asientos de tres de las líneas de metro de la ciudad: Victoria Line, Northern Line y District Line. Como en otros trabajos suyos, el objetivo primordial es crear un “extrañamiento” resultante de la confrontación entre lo cotidiano y un contexto que no lo es, pero se añaden sentidos complementarios que enriquecen la obra. En la torre, la artista trenza diseños lineales. La propia red de metro forma un dibujo que se entreteje con el trazado urbano; el edificio, por su parte, es de estilo tardogótico, caracterizado por los juegos de nervaduras que se entrecruzan en bóvedas y vanos... Los patrones geométricos utilizados en las tapicerías consisten en la repetición de formas simples, y suele incluirse como uno de los colores el que tiene cada línea en el mapa del metro. La ubicación de esos diseños en las ventanas juega por una parte con la idea de “vista”: la mirada al exterior es obstaculizada ―como en las intervenciones en las ventanas del estudio―, pero se propone como perspectiva alternativa un espacio metafórico que, a través de las líneas de metro, conduce a la imaginación a recorrer la ciudad hasta las estaciones más alejadas. Por otra parte, la artista dialoga con la función histórica de la vidriera, como plano de representación que no sólo contiene figuras sino también diseños vegetales o geométricos, y también como vehículo del papel simbólico de la luz en la arquitectura gótica. La luz coloreada ha sido en el trabajo de Belén Uriel de los últimos años, como hemos comprobado, un argumento plástico capital que altera la percepción de los interiores e introduce “micro-narrativas” que hablan de paisaje, de clima, del transcurso del día y de las estaciones.


FULL VIEW

Three Lines Pattern supuso la apertura de las ventanas del estudio y la proyección de la actividad de la artista sobre otros espacios, ejerciendo una acción más directa sobre la realidad que tiene su culminación, por el momento, en Full View. El detonante de este conjunto de intervenciones artísticas fue la observación, a lo largo de los años, de la progresiva invasión por la maleza de un grupo de casas adosadas entre la carretera que viene de Ferrol y la playa de O Baleo, en Pantín, aldea del Concello de Valdoviño cercana a Cedeira. Belén Uriel conoce bien el paraje, pues pasa hace muchos años temporadas en Cedeira y ha asistido al progresivo deterioro ―a causa de la construcción excesiva y desordenada― del paisaje de la costa gallega, que tiene en ese entorno uno de sus tramos más hermosos. Conozcamos los pormenores. La cooperativa de viviendas Virgen del Carmen, de Ferrol, formada por trabajadores de los antiguos astilleros militares Bazán, puso en marcha una promoción de dieciocho chalés junto a la mencionada playa. En 1996, cuando se habían ya levantado las estructuras de hormigón y se estaba poniendo el ladrillo, un juez ordenó la paralización de las obras. Quince de los miembros habían interpuesto una querella contra el presidente de la cooperativa porque el presupuesto inicial se había doblado y le acusaban de estafa, apropiación indebida, negligencia y fraude fiscal. Según el acusado, los incrementos se debían a la subida de los materiales y a las modificaciones del proyecto arquitectónico impuestas por el Concello de Valdoviño, que redujo de veinticinco a dieciocho las licencias y que no permitió hacer adosados sino sólo pareados. El litigio ha durado doce años y, en ese tiempo, la vegetación ha ido recuperando terreno en torno a las casas, ocultándolas de forma parcial en primavera y verano, y finalmente ha traspasado sus umbrales.

La dinámica entre maleza y arquitectura había ya sido tratada por la artista, como vimos en Indoor Landscape, donde se “representaba” la vegetación del solar adyacente a la nave. La natural heterogeneidad de las malas hierbas era entonces sometida al orden de las ortogonales y de la reducción cromática. En la misma dirección, aunque realizado con distintas herramientas, cabe situar otro trabajo posterior, una de las fotografías de Match Colour (Color que hace juego, 2007), en la que unos retales de tejido estampado con flores cuelgan de una cuerda ante una parcela de terreno cubierta de maleza. El orden impuesto aquí es, además del de la alineación de las telas, el del diseño ornamental floral, tan convencional y tan contrario, por su base geométrica, a la proliferación natural. En Full View se muestra también el encuentro entre orden geométrico y caos vegetal. A Uriel le parecen bellas las estructuras de hormigón o, quizá más exactamente, la manera robusta y hasta agresiva en que dibujan sus siluetas ortogonales en el paisaje ondulante de las rías. Ya sabemos que le atraen las esquinas... A propósito de ese estadio de la construcción, hablamos de “esqueletos” de hormigón, y algo de presencia fantasmal tienen las construcciones de O Baleo. Una presencia que produce “extrañamiento”, un estado mental que interesa tanto a la artista. Pero desde un punto de vista menos formalista, lo que aquí se hace patente es la fuerza de la vegetación, capaz de oponerse a la voluntad humana. Frente a la invasión del paisaje, la arquitectura invadida. Esa imparable pujanza de la naturaleza ha sido tema del arte durante siglos, desde que el Romanticismo descubriera el atractivo de las ruinas. El deterioro de los monumentos es producto de diversos factores, entre ellos el crecimiento vegetal; algo evidente en Galicia, donde los tejados viejos se llenan de musgos, hierbas y hasta brotes de árboles, y donde, al tiempo que las nuevas urbanizaciones de adosados se extienden sobre el territorio, muchas pequeñas aldeas abandonadas son engullidas por la maleza. Los chalés de O Baleo, aun sin finalizar, se asimilaron rápidamente a las ruinas. Poco románticas, pero abandonadas y entregadas a las vivaces. Se podría interpretar como una victoria ―sólo una pequeña batalla― del suelo.

El proyecto inicial de Belén Uriel, modificado sobre la marcha según lo solicitaban las circunstancias, se ha concretado finalmente en cuatro “momentos”. El primero consistió en la realización de una serie de fotografías de las casas, en las que se enfatizaba la confrontación entre arquitectura y vegetación. El segundo, la fabricación de una valla publicitaria en la que se montó una impresión de tres de las fotografías, y su colocación, durante un mes y sin permiso municipal, en la principal vía de entrada a Cedeira. El tercero, en dos intervenciones en el interior de las casas, que fueron fotografiadas. El cuarto, en el montaje en la sala de exposiciones de la Fundación Laxeiro, en mayo de 2008, de la valla y de algunas de las fotografías.

Las tres fotografías elegidas de la casa forman en cierta manera una secuencia. Una gradación de cegamiento a “vista”. En la primera, las casas apenas se adivinan. Dos de las cubiertas se vislumbran entre las matas, que forman una bella pared vegetal. En la segunda, estamos en el interior de una de las casas y podemos ver más maleza en primer término, una plantación de eucaliptos ―tan abundantes en el paisaje gallego, donde han limitado la variedad de los bosques― en la media distancia y, al fondo, una parte de la costa. En la tercera, la cámara se sitúa fuera de uno de los pareados con construcción menos avanzada ―no hay ladrillo, sólo la estructura de hormigón―, lo que nos permite ver a su través la línea de costa; es una arquitectura transparente, en un sentido muy distinto al del ideal moderno de la arquitectura racionalista de cristal. Las “vistas” por tanto, se amplían progresivamente. Las tres imágenes, por otra parte, tienen en común la predominancia formal de los ángulos circunflejos de las cubiertas a dos aguas y, en conjunto, trazan una línea discontinua de picos en la que el cielo aparece sucesivamente como positivo y como negativo: lo que queda fuera y lo que queda dentro del tejado. Ya vimos que la dinámica exterior-interior es fundamental en la producción de Belén Uriel, y en Full View se manifiesta no sólo en las fotografías, y en el avance de la vegetación hacia lo que debían ser interiores domésticos ―aquí no representada, como en intervenciones en el estudio anteriores, sino real― sino también en el acto de llevar la valla publicitaria, un elemento urbano, al seno de la sala de exposiciones.

Una de las fotografías, Full View 4, que no formó parte del cartel y que está apropiada de una noticia reciente en prensa sobre la urbanización, muestra el repetitivo conjunto edilicio y subraya una característica que también ha marcado el trabajo de la artista: la atención a lo producido en serie, utilizado como material plástico. La acumulación de unidades iguales, fácilmente disponibles en comercios populares, es importante en las intervenciones con folios o con “flores” falsas. Pero gana protagonismo en otras obras recientes, de 2007, en las que Belén Uriel desarrolla la idea del “confort seriado”. Una forma de vida que se monta, se ensambla. En esta línea, su idea más ambiciosa ha sido Self Assembly, una gran escultura de varios pisos realizada en Intermediae (Matadero, Madrid) con piezas de un conocido diseño modular de estanterías que forma parte del catálogo de la gran multinacional del mueble asequible. Era toda una construcción que, en palabras de la artista, “pervertía las instrucciones” de montaje facilitadas por el fabricante y daba lugar a un laberinto de pasadizos y escaleras en realidad poco acogedor. Más cerca de una cárcel de Piranesi hecha por un bricoleur que de un hogar ideal. El mismo concepto de fondo se percibe en un proyecto aún no realizado titulado Espacio laminado, que pretende cubrir casi por completo el suelo de una sala de exposición con trozos de tarima flotante de diferentes tonos ―todos imitación de la madera natural y tomados del catálogo de la aludida multinacional― cortada en forma de piezas de puzzle. También el puzzle se ensambla y, en una de sus operaciones de “camuflaje” de interior esquinado, Puzzle Room (Habitación puzzle, 2007) Uriel nos proponía la comparación del espacio habitable estandarizado con un montaje de piezas que comprendía la totalidad del mismo. Todo lo que rodea la vivienda es hoy convencional: habitamos casas muy parecidas, usamos los mismos muebles y objetos, nos movemos igual por los espacios... Seguimos los ideales del catálogo.

La valla publicitaria es otro de los instrumentos que los promotores blanden para uniformizar nuestra existencia. La casa perfecta se está construyendo y, como hay que ir vendiendo para recuperar la inversión, se dibujan alzados y se trazan imágenes virtuales que muestran el conjunto ya finalizado, con todos sus atractivos. La publicidad es imprescindible en la extensión de los ideales estandarizados, y tanto el catálogo como la valla cumplen esa función. Los chalés de Pantín estaban extrañamente huérfanos de valla publicitaria, y la artista decidió ponerles una. Encargó a una empresa de Cedeira que se ocupa normalmente de estos menesteres, y que además vende materiales de construcción, la confección de una valla de hierro galvanizado de 2,5 x 5 metros (más la altura de las patas) sobre la que fijó la impresión de las tres fotografías mencionadas de las casas. No es el lenguaje gráfico habitual de las vallas, pero sí el formato. La intención era llamar la atención de los habitantes de la zona, que seguramente reconocerían los pareados y se preguntarían qué demonios hacía ese anuncio ahora ahí, doce años después de detenerse las obras. Ese desfase temporal es uno de los componentes conceptuales más interesantes del proyecto. Lo nuevo y la ruina, el anuncio de algo supuestamente futuro que sucedió hace tanto tiempo... Como decía al principio, se multiplican los desplazamientos no sólo espaciales.

Esta valla constituye una paradójica modalidad de “arte en la calle”. Por lo general, son las administraciones públicas las que promueven la instalación de obras de arte en los espacios públicos, casi siempre con un gusto detestable pero a veces según criterios más acordes con lo que interesa hoy a los artistas. La acción de Belén Uriel en Cedeira se acerca a lo clandestino, pues no pidió a las autoridades permiso para instalar la valla ―la ausencia de control sobre lo que se instala en la vía pública es significativa― y nada indicaba al transeúnte que aquello pudiera ser algo artístico. También en Cedeira la construcción de viviendas se ha disparado y está modificando el entorno, con lo que el ayuntamiento, al permitir que se mostraran estas ambiguas fotografías, estaba sin saberlo y de alguna manera tirando piedras contra su propio tejado. Hay además que señalar que, aunque otros artistas han utilizado las vallas publicitarias en la calle como soporte ―Barbara Kruger, Jeff Wall o Félix González-Torres, por citar algunos de los más célebres―, lo han hecho de una manera que dejaba adivinar más fácilmente su estatus artístico. En consonancia con una de las constantes del trabajo de Uriel, podemos hablar aquí de arte público “camuflado”.

La valla no es, en todo caso, un formato novedoso para Belén Uriel. Cuando estuvo en China (2004) con una beca de The Red Mansion Art Foundation de Londres, hizo una serie de “vistas” en las que aparecían carteles que eran casi “cartelas” que rezaban irónicamente A Single Act of Carelessness Leads to the Eternal Loss of Beauty. Pero el año pasado se acercó de manera mucho más literal al formato cuando produjo una serie de fotografías en Chile, Ideal House, que mostraban un mismo motivo, la valla publicitario de una gran empresa de mueble modular y asequible, en entornos paisajísticos diversos pero con el común denominador de ser parajes aparentemente desérticos. Los títulos de cada fotografía se corresponden con las coordenadas geográficas de la ubicación de la valla, lo que introduce una noción casi militar, o estratégica, de ocupación del territorio. Esta serie se relaciona muy directamente con Self Assembly, pues la gran construcción de Matadero tenía como fachada el logo de esta empresa chilena, una reducción geométrica del típico dibujo infantil de una casa, formado por un triángulo y varios paralelepípedos. El mismo dibujo está en la base de una colaboración gráfica en el periódico mexicano Público que ha de aparecer próximamente, y que alude a la idea de la seriación de todo lo doméstico a la que antes me refería ―y, además, a la base geométrica de todo diseño ornamental, y a su potencial de extensión infinita en las superficies―. La propia artista señala que esta serie de fotografías tiene como objetivo enfatizar la idea de “vista”, de la perspectiva que favorece a la arquitectura relacionando sus perfiles con los horizontes o las líneas principales de la composición del paisaje. Algo que se ve particulamente bien en la fotografía.

El tercero de los “momentos” del proyecto es de las intervenciones en las casas. En toda su producción, Belén Uriel insiste en la condición de lo efímero. Si no me equivoco, todas sus intervenciones han pervivido por tiempo limitado, el suficiente para ser fotografiadas y eventualmente visitadas en galerias o espacios artísticos. Tendemos a asumir que, de entre las artes, la arquitectura es la más permanente, pero la artista nos la muestra como escenario de cambios, de una activa reflexión sobre sus fundamentos materiales, contextuales y sociales en continua renovación. Acontecimientos que se desvanecen para dejar lugar a otras materializaciones de conceptos. Como decía antes, el estudio es un espacio mental, y lo mismo cabe decir de los otros espacios arquitectónicos, concretos y reales, en los que la artista deja su huella. En las casas de Pantín ha dado nueva forma, en dos intervenciones, a su observación de la relación entre arquitectura y ornamento, utilizando como punto de partida dos modalidades textiles. Sobre el suelo de uno de los chalés, ha dibujado con trozos de ladrillo ―los que había por allí― una “alfombra” de diseño oriental, Persik, inspirada en el catálogo de cabecera de Uriel. La alfombra persa no es sólo signo de lujo confortable, que adquiere aquí tintes irónicos; sus dibujos tradicionales, enmarcados en la tradición anicónica islámica, figuran entre las más complejas, elegantes y bellas estilizaciones de la vegetación en la historia del arte. Así, la artista retoma de un lado la geometrización como base del diseño y, de otro, desarrolla la dialéctica entre interior y exterior emulando, a nivel representacional, a la naturaleza que invade las casas. La segunda de las intervenciones en la urbanización es una cortina hecha con red de pesca que tiene las medidas de una de las ventanas de las casas: 3 x 2,5 metros. El bajo está bordado a ganchillo con un diseño de rombos que reelabora el del propio tejido de la red. La cortina nos lleva a las ventanas, y a las “vistas”. Vistas al mar. Cedeira es puerto pesquero, y la pesca ha sido junto al trabajo en el campo una de las actividades económicas más importantes de la comarca de Ferrol, a la que tanto Valdoviño como Cedeira pertenecen. La pesca y la construcción naval: no olvidemos que estas casas fueron promovidas por una cooperativa de trabajadores de Bazán. Pero la economía de la zona se está transformando y el turismo avanza posiciones ―aunque no tan rápidamente como en otras áreas―. Mirar al mar ya no tiene el mismo significado de antaño, y Uriel expresa ese giro en la transformación de la red pesquera en cortina decorativa que fotografía no colocada en el vano sino sobre una pared, sugiriendo otra vez la idea de ventana cegada, de visión interrumpida. Obra, pues, cargada de “duplicidad” que lleva una vez más al “marco” de la ventana una pantalla de significado, una condensación de narrativa que cuestiona su transparencia.

Finalmente, en la Fundación Laxeiro, la valla que se instaló en Cedeira ha sido introducida no sin antes salvar grandes dificultades logísticas, transformándose en soporte artístico. Vemos ahora la fotografía, impresa sobre lona plástica, de la misma valla en su emplazamiento a la entrada de la población. En el espacio reducido e inmaculadamente blanco de la sala, la estructura de hierro galvanizado ―partida en varios trozos para poder subir las escaleras y recompuesta sin disimular las cicatrices― se ve como un gran cuerpo extraño sometido a análisis en un laboratorio. La luminosidad uniforme de las paredes, el techo y el suelo hace que la gran escultura-soporte “flote” visualmente, a pesar de su enorme peso. El aire de irrealidad es acusado. Frente a la concreción en el entorno físico de todo el proyecto, su momento final se transforma en algo mental. La valla es ahora una escultura geométrica; en las imágenes se acentúan sus valores formales, compositivos. El cambio de ubicación modifica la percepción y la comprensión de las piezas.

Esta instalación no es sólo un documento de una acción urbana o un artefacto en el que se superponen diversas “capas” temporales y espaciales. Es testimonio de un sarcástico giro en los acontecimientos. Cuando la valla estaba ya instalada en Cedeira, la artista leía sobresaltada en la prensa, a principios del pasado mes de abril, que el Juzgado de Primera Instancia nº3 desestimaba las acusaciones contra el presidente de la cooperativa Virgen del Carmen, por carecer de base, y que declaraba prescrita cualquier falta en que pudiera haber incurrido. Así que la cooperativa, tras acometer su actualización estatutaria ―se había dejado caducar―, va a sacar a la venta la promoción, cuya licencia de obras ha prescrito pero que conserva su calificación urbanística. ¡Y el cartel de Belén Uriel allí plantado, como una publicidad real de esa futura venta! Se depositaba así sobre el proyecto, involuntariamente, una nueva capa de significado que lo vinculaba estrechamente a la actualidad y que daba vigencia absoluta a la crítica que la artista había hecho pública.

Entrevista a Sergio Mah, comisario de PHotoEspaña 08

Publicada en El Cultural

No se ha trasladado a Madrid, y no ha dejado sus clases en la facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Nova Lisboa y en AR.CO (Centro de Comunicaçao Visual), pero las ha reducido y concentrado todas en un día de la semana, el lunes, cuando habla durante nueve horas. No es desde luego alguien que se quede sin palabras. Tiene todos los cabos de su programa bien agarrados y lo defiende con convicción. No parece cansado, a pesar de que se ha implicado al límite en esta edición de PHotoEspaña que se inaugura el próximo miércoles. Tiene por delante la dirección artística de otras dos ediciones pero se le ve con el empuje necesario para llevarlas a buen término; a lo largo de la entrevista, en las oficinas de La Fábrica, ha estado echándose hacia delante sobre la mesa ―lo tengo enfrente― y a su término comprobamos que la la desplazado medio metro.


Fotografía: Sergio Enríquez


―Me imagino que conoce bien la trayectoria del festival, no sólo porque, como nuevo comisario general, habrá tenido que revisar todo lo hecho hasta ahora sino también porque, como director de Lisboa Photo en las ediciones de 2003 y 2005, estaría pendiente de lo que otros festivales internacionales programaban. Asumir la dirección artística de PHotoEspaña en la undécima edición, después del intermedio del décimo aniversario, supone inaugurar una nueva etapa. Díganos, por favor, como interpreta su evolución en términos objetivos y estrictamente fotográficos.
―No he visto tantos festivales de fotografía; hay muchas cosas en ellos que no me interesan. Conozco bien PHotoEspaña sólo desde 2003. Lo anterior únicamente por catálogos y no me siento autorizado para opinar sobre ello. Pero le puedo decir cómo creo que han cambiado los festivales de fotografía europeos en general en estos años. Muchos de los festivales o los “encuentros” de fotografía nacieron como reuniones “socio-profesionales”, orientadas a los propios fotógrafos y a cuestiones técnicas. Se hacían exposiciones para los amateurs, con gran presencia del fotoperiodismo y de la fotografía publicitaria. PHotoEspaña nació en un momento de transición, dirigido ya en parte a la afirmación de la fotografía como disciplina artística, con una dimensión estética y conceptual muy importante. También en Portugal se hizo evidente, en los festivales de Braga y de Coimbra, la ruptura de la hegemonía de la fotografía documental.
En PHotoEspaña, más que una evolución año a año, veo una transición entre tres comisarios muy distintos. Alejandro Castellote tenía un gusto muy específico; Oliva María Rubio se centró más en cuestiones de identidad; Horacio Fernández estuvo muy interesado en la tradición y en el documental... Son diferentes perspectivas sobre la fotografía. La mía la construiré en estos tres años. Tengo un curriculum distinto, no soy español, tengo otra edad, otros estímulos. Estamos en un plano muy subjetivo y mi perspectiva de la fotografía será distinta.
―En esos trienios ha habido efectivamente unos enfoques determinados, que se han desarrollado en años sucesivos de forma bastante unitaria, como un proyecto plurianual. Ya conocemos el tema elegido para este año, “Lugar”. ¿Ha concebido su propuesta también como trienio? ¿Cuál será su continuación?
―Al contrario que el comisario anterior, Horacio Fernández, que anunció en su primer año los temas de las dos ediciones siguientes, yo no he querido hacerlo. Creo que es bueno que los festivales cambien, estén abiertos a las pequeñas novedades, tengan una perspectiva dinámica. En cualquier caso, sí puedo adelantar que no me interesa tanto la fotografía como las representaciones contemporáneas, un terreno mucho más amplio en el que la fotografía juega un papel muy importante. Esas representaciones son en gran parte resultado de las prácticas artísticas (el arte problematiza la consciencia del tiempo y la experiencia cotidiana) pero también son en parte no artísticas. Una de las funciones de la fotografía ha sido diluir la diferencia entre lo que es y no es arte. Y PHotoEspaña no es solamente un festival artístico.
―Sin embargo, el programa de este año es uno de los más artísticos de la historia del festival.
―Es una cuestión secundaria. El arte es el ámbito en el que esta sublimación, esta especulación extrema de las representaciones contemporáneas es más evidente. Y en el programa hay representaciones fuera del arte y hay muchos artistas que trabajan con temas y formas que no son son artísticas. Eso me interesa mucho.
―En la presentación del festival se marcan tres ejes para el tema “Lugar”: lugares de la historia, lugares de lo cotidiano y globalización. ¿Se trata de una estructura que será visible claramente en las exposiciones o es sólo un punto de partida intelectual?
―No es una estructura rígida, y no he buscado artistas y obras para ilustrar esos subtemas. Es un punto de partida para definir un área de reflexión. Me planteé qué tipo de tema tendría sentido para PHotoEspaña, en una de las pocas ciudades en el mundo que tiene turismo específico para el arte y con un gran éxito de público. Tenía que permitir varios niveles, con exposiciones para el espectador genérico y para el especialista. Mi programa tiene veintidós exposiciones y un ciclo de cine; no puedo pretender que la mayoría de los espectadores las vean todas y tengo que ofrecerles opciones variadas, contrastes. Necesitaba un argumento abierto que favoreciera un programa ecléctico, fácilmente perceptible pero con un potencial teórico interesante. “Lugar” es un tema de la fotografía, que permite una reflexión sobre la imagen. La fotografía ha convertido lugares banales, sin una identidad concreta, en escenarios del arte y de la consciencia del individuo, que mira de otra manera a través de ella los espacios cotidianos. Cuando pensamos en los grandes maestros de la fotografía, muchas veces les asociamos lugares específicos. Carlton Watkins y el oeste americano, Atget y París (no es casual que fuera una referencia para Walter Benjamin, que ha pensado los lugares de la vida moderna)... Además, he elegido ese tema porque, hoy, muchas de las características de la vida contemporánea están directa o indirectamente relacionadas con él: la globalización y lo local, la guerra, el terrorismo, el cambio climático... el “efecto mariposa” y la influencia de lo que ocurre en unos lugares sobre otros. Y, en lo estrictamente fotográfico, da cabida a diferentes géneros: el paisaje, la fotografía topográfica, la urbana o incluso el retrato. Las contradicciones del lugar nos permiten percibir las contradicciones de la fotografía. “Lugar”, frente al concepto más genérico de “espacio”, es el espacio vivido, experimentado, con historia, que apela a la memoria y tiene implicaciones políticas, sociales, simbólicas, metafísicas. Muchos de los artistas del programa tienen un discurso visual comparable al palimpsesto: la percepción de la imagen no se produce sólo a través de la visión, sino que moviliza un conjunto de recursos. Me parece muy interesante que se habla de crisis espistemológica de la fotografía, porque abre una etapa privada ya de la ilusión de la verdad, del documento puro. Todo es documento y todo es ficción. Ficciones que tratan sobre cuestiones muy reales.
―Quizá su formación como sociólogo ha dejado alguna huella en su manera de entender la fotografía. Se percibe en el programa que se ha concentrado en trabajos no formalistas e incluso, en varios de los proyectos, con una carga ideológica importante. Algo no muy frecuente en la historia del festival. También parece que hay una predilección por artistas con un componente conceptual, con un énfasis en el proceso: no importan tanto las cualidades de la imagen resultante como la idea que hay detrás de ellas y cómo se ha desarrollado. ¿Es así?
―Es así pero no solamente así. Hay muchos fotógrafos que responden a ese patrón, y en su elección he puesto mi gusto más personal. Pero también hay artistas en los que pesa más el valor estético de la imagen, como Florian Maier-Aichen, en el Museo Thyssen.
―Seguramente el Thyssen pedía eso.
―Cuando elegí el tema tuve en cuenta cómo funciona PHotoEspaña. El comisario no puede imponer, debe negociar... aunque ha sido mucho más fácil de lo que yo pensaba. Todas las exposiciones de la sección oficial están relacionadas con el tema, y tengo que agradecer la confianza de las instituciones, porque el 95% de las propuestas han sido aceptadas. Había que pensar en públicos diferentes, y me gusta que existan contrastes en la programación. En el Círculo de Bellas Artes tendremos, por ejemplo, a Roni Horn, una artista que no es fácil, de herencia minimalista, muy metafórica... y a la vez una obra muy sentimental y muy atractiva de David Claerbout. O, enfrente del Thyssen, en Casa de América, a Minerva Cuevas y Ramón Mateos, muy politizados, que tratan sobre la espectacularización de la imagen... o la recuperación de un fotógrafo histórico, Leonardo Cantero, en el Reina Sofía, junto a la serie Hotel Palenque de Robert Smithson. Me interesa que el festival tenga una dimensión formativa, y concibo mi trabajo de comisario como el de un “promotor” de buenas obras y de contextos favorables para su comprensión.
―Respecto a las ediciones de Lisboa Photo que comisarió, ¿hay similitudes, reiteraciones?
―Es inevitable. Ya he trabajado con algunos artistas. Y sobre todo en algunas direcciones teóricas como la que exploraba en la exposición Estados de la imagen. Instantes e intervalos que organicé en el Centro Cultural de Belem en 2005, con Chantal Akerman, Dara Birnbaum, James Coleman, Claerbout, Michael Snow, Jeff Wall... sobre la conexión entre fotografía, vídeo y cine. Al igual que me interesa menos la fotografía que las representaciones contemporáneas, me interesa menos la fotografía que lo fotográfico. Que se relacionan de la misma manera que el teatro con lo teatral, la pintura con lo pictórico o el cine con lo cinematográfico. Es un tipo de percepción con origen en la fotografía pero que va más allá. Las historias de la fotografía no lo suelen tener en cuenta. En esta edición de PHotoEspaña hay más “formas de exhibición de lo fotográfico” que fotografías colgadas en la pared de una forma convencional. Con toda la tecnología de la que disponemos, la exhibición de la fotografía no puede limitarse al marco. El vídeo es un medio muy importante para la diseminación de lo fotográfico.
―Se puede decir que este festival es “muy suyo” no sólo porque, como nos ha dicho, sus propuestas han sido aceptadas por las instituciones en una proporción muy elevada sino porque ha comisariado la mayoría de ellas. Creo que nunca un comisario de PHotoEspaña había tenido tanto trabajo. Cuento, además de la colectiva del ICO, las exposiciones de Ramón Mateos y Minerva Cuevas, David Claerbout, Thomas Demand (Fundación Telefónica), Robert Smithson, Florian Maier-Aichen, Ignasi Aballí (Botánico y Museo de Portimao), Marcellus L y Esteban Pastorino (Ayuntamiento y Fundación Antonio Pérez).
―Bueno pero en los casos de Claerbout, Smithson y Marcellus L se trata de una sola obra. Pero lo he hecho sobre todo por cuestiones de presupuesto. ¿Por qué pedir a un comisario que elija lo que ya sé que quiero? Cuando estaba escribiendo el proyecto, entre abril y julio de 2007, ya tenía claros los detalles. No será en cualquier caso una constante en los próximos años. He querido en esta primera edición mía ir muy a fondo.
―Un festival no es sólo un director artístico sino un equipo de comisarios. ¿Los ha elegido usted? ¿Qué tienen en común?
―A todos los conocía, mejor o peor, pero me interesaba sobre todo que ellos conocieran a los artistas. Ute Eskildsen, directora del Departamento de Fotografía del Museum Folkwang de Essen, había trabajado en varios proyectos con Roni Horn, y es bueno que el comisario tenga una relación de proximidad con el artista. Nacho Checa, que vive en Lisboa, ha estado muy cerca de Gusmão y Paiva durante los dos años invertidos en las obras que se muestran en Matadero.
―Porque ¿siempre ha buscado el comisario una vez elegido el artista, o incluso para las colectivas?
―Sí, claro. Y he debatido con todos los comisarios los particulares de cada exposición. A muchos, como decía, los conocía ya y sabía que harían una labor con el que estaría de acuerdo.
―Otros años se ha organizado una exposición colectiva “programática” que ilustraba el tema del festival. ¿También en esta edición? Hay sólo dos colectivas en Madrid: la suya en ICO y la de Horacio Fernández en el Instituto Cervantes, De viaje (además de la de Paul Wombell en Portugal).
―Lugares comprometidos. Topografía y actualidad no es del todo la exposición de tesis del programa pero sí explica muy bien las contradicciones en la geografía y en la fotografía.
―Se ha notado algo (discretamente) su procedencia portuguesa, en la incorporación de algunos fotógrafos de ese país y, sobre todo, en la apertura allí de “sucursal” de PHotoEspaña.
―Es un desarrollo de la extensión a Francia el año pasado que, al parecer, funcionó muy bien. En mis exposiciones sólo hay tres artistas portugueses: el dúo Gusmão y Paiva, Augusto Alves da Silva y Pedro Barateiro. Hay más alemanes (se ríe). El premio del banco portugués no tiene que ver conmigo. Y no he tenido más intervención en la colaboración con Portugal que facilitar algún contacto. Pero, sobre todo, las exposiciones de PHotoEspaña encajan perfectamente en la programación de esos centros portugueses.
―Existen, desde luego, buenas relaciones artísticas entre Portugal y España pero ¿de qué lado cree que se da un mayor interés?
―Portugal tiene en este momento una generación de jóvenes artistas estupenda. Más de lo que el país merecía. Y hay por lo menos diez galerías en Madrid que trabajan con artistas de esa generación; las ferias han consolidado esa dinámica comercial. Ambos países parecen tener estrategias diferentes. España, sobre todo a través del Instituto Cervantes, ha promovido exposiciones institucionales de artistas ya históricos o maduros, mientras que Portugal exporta a los más jóvenes. Cuando un museo portugués prentende hacer itinerar en España una exposición de un clásico tiene más dificultades.
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