27.12.08

Vacas

Publicado en Looc

Mientras en un creciente pero minoritario sector de la población existe una pasión por los museos y las exposiciones, el resto contempla el arte actual de manera negativa, en un rango de sentimientos que va del desinterés al desprecio. En la edad contemporánea el arte se ha ido distanciado de la sociedad por su experimentación formal, sus exigencias intelectuales y, sobre todo, porque ha dejado de ocupar un lugar en el espacio público. La calle es el lugar para retomar el contacto. Lo demuestra el éxito de determinadas propuestas arquitectónicas de estética muy actual, en la linde con lo artístico, que son multitudinariamente admiradas sin los recelos que suscitan las artes plásticas. En lugar de comprender el potencial educativo y cultural del arte en la calle, la mayoría de los ayuntamientos se contentan con colocar en rotondas y parques adefesios de toda condición, que nada aportan al debate estético ni a la vida ciudadana.

En enero nos van a llenar Madrid de vacas. Se trata de una gran operación de marketing que ya se ha desplegado en otras ciudades del mundo y que utiliza a los creadores para dar un barniz de “interés público” a lo que no es sino un innovador soporte publicitario. Las marcas patrocinan la “customización” de un molde, se mantiene el ganado en la calle durante unos meses y luego se subasta, en Christie's, dedicando una parte de los beneficios a asociaciones benéficas: una coartada políticamente correcta para el negocio de unos cuantos. Por lo que sabemos, no habrá artistas de alto nivel entre los decoradores. Es una tónica en el arte callejero madrileño ―no confundir con las pintadas―, dominado por grupos venatorios, alguna que otra estructura geométrico-arquitectónica y anacrónicos bustos de próceres. Es curioso que las más visibles de las últimas incorporaciones al patrimonio escultórico madrileño sean descomunales cabezas: las de Manolo Valdés en Barajas o en el parque del Manzanares y las de Antonio López en Atocha. El último grito en arte... Hay que valorar iniciativas como Madrid Abierto, que se celebra desde hace unos años en coincidencia con ARCO, y algunas de las intervenciones de La Noche en Blanco ―un visto y no visto―. Pero el 1% de los presupuestos de las obras públicas que las administraciones deben dedicar al patrimonio artístico debería ser fuente de financiación para un activo programa de arte en espacios públicos, permanente o efímero, que creyera en la capacidad del arte para enriquecer la ciudad, para hacerla más habitable, más consciente, más culta y cosmopolita.

Recientemente, el ayuntamiento de Madrid ha constituido una “comisión de calidad urbana” que se ocupará del “paisaje urbano y el patrimonio edificado” (de nuevo, nada se concreta sobre las artes) y en la que han sido invitados a participar, junto a una mayoría de representantes políticos, varios arquitectos, un historiador, un diseñador y una artista. Supongo que el asunto vacuno no ha sido sometido a su aprobación; cada junta municipal decide sobre la “decoración” del área bajo su mando, y así nos va. En agosto se nos hizo saber que, tras las primeras deliberaciones de esa comisión, se abre una moratoria para la instalación de “monumentos” en el centro histórico, y que sólo se permitirán las intervenciones artísticas en las nuevas áreas de desarrollo urbano. La consigna parece platónica: expulsar al artista de la República.

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19.12.08

Muestra de artes visuales... y no visuales

Círculo de Bellas Artes, Madrid
Publicado en El Cultural, 19 de diciembre de 2008


Parece que los gobernantes no saben dónde poner a los jóvenes. En Instituto de la Juventud (INJUVE) se creó en 1977 como organismo vinculado al Ministerio de Cultura; en 1988 pasó a depender de de Asuntos Sociales y desde ahí se integró en el de Trabajo y Asuntos Sociales, donde estaba últimamente, hasta que en abril pasó al nuevo Ministerio de Igualdad. No es descabellado, aunque cabe suponer que la mudanza se ha debido en parte a la necesidad de dotar de contenidos a la nueva cartera. Parece que ha habido una ralentización de sus actividades, al menos en lo que respecta a las muestras que organiza, con la Sala Amadís completamente desaprovechada. Sólo se han hecho en ella tres exposiciones este año: una que reseñamos aquí, Aptitud para las armas, otra sobre diseño y la que puede ahora verse, de cómic, con una duranción de ¡cuatro meses! La buena noticia es que la Muestra de Artes Visuales se mantiene y se celebra como es habitual en el Círculo de Bellas Artes, donde consigue una mayor visibilidad. La mala es que este año no se ha editado el tradicional catálogo; ni siquiera en formato digital, por lo que será difícil acordarse de lo visto ahora en años sucesivos.
Como en la pasada edición, se han yuxtapuesto las muestras de artes visuales, diseño e ilustración, lo que tiende sugerir una confusión de estas esferas de actividad creativa. El saco de la “creación” es muy hondo y en él se revuelve lo que no se debería. No se puede negar la realidad de la interrelación entre las artes —la posibilidad de que se de, no la obligación—, pero el reciente prestigio empresarial y político de las “industrias culturales” hace que las que llamamos plásticas o visuales pierdan terreno frente a las más productivas económicamente hablando. En planes de estudios, en el espacio público, en el espacio mediático... Ya va siendo hora, en estos tiempos de crisis del consumo, de que se valore la rentabilidad cultural y social al margen de la productividad. Es una situación, en cualquier caso, que excede en mucho a este premio, en cuyo jurado han participado profesionales todos de gran relieve: David Barro, que ha sido el comisario encargado de la exposición resultante, Alejandro Castellote, crítico de fotografía, Estrella de Diego, profesora de Historia del Arte en la Complutense, Javier González de Durana, director del TEA, y María Pallier —que repite—, directora del programa televisivo Metrópolis. Nada hay impactante, en mi opinión, pero sí unas cuantas buenas propuestas a las que estar atentos.
Los tres primeros premios (otra vez los raquíticos 5.000 euros) son para Elssie Ansareo, con unas fotos en blanco y negro muy contrastadas un poco a la Jürgen Klauke, Verónica Eguaras, con una ingenua fábula de animación construida mediante sucesión de fotografías y Marina R. Vargas. Bien dados los dos primeros; entre los accésits destacaría las fotografías de Zoé Treviño y la pintura que se extiende al muro de Alain Urrutia. Se han otorgado además cuatro premios de 3.000 euros como ayuda a la producción para proyectos, entre los que figura el de Karmelo Bermejo, ganador de uno de los premios del último año y del premio de Fotografía de El Cultural, aunque ausente de la exposición. Es prometedor también el trabajo sobre las medianeras de la brasileña Flavia Mielnik, de quien he podido saber algo gracias a que se tiene un blog, porque en ningún lado no se nos da la más mínima información sobre los artistas, y cuidada la fotografía de Damián Ucieda. Entre los seleccionados son atractivos los vídeos musicales de Enrique Piñuel y Chema García —también es una animación, muy bien hecha con fotografías— y los estáticos de Ariadna Parreu —aunque es difícil juzgar con tan poco—.

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11.12.08

Zoe Leonard. Variaciones sobre temas escópicos

MNCARS, Madrid
Publicado en El Cultural, el 11 de diciembre de 2008



Es el primer comisariado de Lynne Cooke como subdirectora del MNCARS y, si todas sus exposiciones van a ser tan buenas como ésta, no podemos más que felicitarnos por su aterrizaje en Madrid... aunque esperamos que sus proyectos se diferencien de manera más nítida de los que desarrolla para la Dia Art Foundation en Nueva York, pues esta muestra coincide con las dos que ha organizado de Zoe Leonard (Liberty, Nueva York, 1961) en el Dia:Beacon y la Hispanic Society of America. Allí se puede ver aún un montaje distinto de Analogue, la gran obra compuesta de unas 400 fotografías realizadas a lo largo de una década que cierra el recorrido de la exposición en el MNCARS y que ha sido adquirida para nuestro museo. Es un conjunto bien conocido que se presentó en el Wexner Center de Columbus en 2007, viajó luego a la Documenta 12 de Kassel, y que ha gozado del aplauso de crítica y público por su conjunción de inquietudes acerca de la economía global y su influencia sobre el consumo cotidiano, por un lado, y de ingenio visual por otro.

Pero en el MNCARS Analogue es sólo el final. Se nos informa de que esta exposición viene del Fotomuseum de Winterthur, pero allí tuvo un comisario distinto y, suponemos, un montaje diferente. Porque aquí la disposición de las obras en las salas está pensada al milímetro y casi podría considerarse, por la intensa implicación de la artista en ella, como una obra en sí. Las cartelas se han agrupado en las esquinas —práctica por lo general molesta pero lógica en esta ocasión— de manera que no estorben la narrativa visual o, quizá sería mejor decir, musical. Utilizo el término —sabiendo que Leonard defiende por encima de todo su condición de fotógrafa que se limita a las herramientas no ya tradicionales sino incluso pretéritas del medio— porque la estructura de sus proyectos es la de “variaciones” en las que una escritura fotográfica muy ordenada desarrolla diversos “temas”. La exposición, la obra de Zoe Leonard, es en este sentido profundamente armónica y coherente. El montaje sigue una progresión cronológica pero sobre todo establece una secuencia de maneras de mirar que, sin añadir nada a la realidad, van mucho más allá de la documentación de lo existente y son en conjunto tan creativas como las fotografías escenificadas más elaboradas.

Las primeras salas despliegan una visión aérea del mundo que no se asemeja a la que proporcionan los satélites actuales sino a la que se tenía desde los globos aerostáticos o las viejas avionetas. Como algo asombroso, desacostumbrado. Las nubes, el mar, las ciudades y hasta las plazas de toros son observadas como diseños en los que las constantes y las variables suscitan un juego intelectual que no resta en absoluto atención a las bellezas naturales que se reflejan. La artista vivó un tiempo sola en Alaska y parece admirar la capacidad de adaptación mutua entre naturaleza y civilización, como queda patente en su serie sobre árboles que desbordan los alcorques o engullen rejas en su tronco. Si miramos con atención comprobaremos que la idea de “marco”, que unas veces constriñe y otras puede ser rebasado, aparece a menudo en su obra. Ocurre así en la sala en que se presentan los casi sádicos modelos anatómicos antiguos en sus urnas, el cinturón de castidad o el “calibrador de belleza”, correspondientes a una etapa en la que las cuestiones de género tuvieron gran protagonismo en su trabajo. En la siguiente vemos animales disecados, también encerrados en armarios de vidrio y, como en la anterior, un solo espejo enmarcado y ensombrecido con el que nos comuncia un mensaje en clave sobre nuestra implicación en esas situaciones crueles y sobre la pulsión escópica que se esconde en todas ellas. Hay algo también de espionaje en Archivo de Fae Richards, única incursión hasta la fecha de Leonard en la ficción fotográfica —reconstruye con ayuda de actores la vida de una supuesta cantante— , y una mirada más concentrada de lo normal en la sala en la que se reúnen detalles de puertas, ventanas y suelos, todos límites, “marcos” de nuestra experiencia visual y vital.

Por el contrario, frente a la tendencia dominante a presentar la fotografía como cuadro —por las grandes dimensiones y por el cuidado en las calidades materiales—, Leonard trabaja en formatos pequeños y, aunque selecciona con esmero los papeles y las técnicas de revelado más apropiadas, el aspecto de sus fotografías, casi siempre en blanco y negro, es granuloso y descuidado. Nunca declamatorio. En la serie de fotografías aéreas de París (1989-90) que se expone simultáneamente en la galería Pepe Cobo, las deficientes condiciones lumínicas durante las tomas —amanecía— acentúan esas características. No son de lo mejor de la artista, y sólo en el contexto de la gran retrospectiva del MNCARS adquieren significado.

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4.12.08

Duelo de coleccionistas

Colección Helga de Alvear en la sede de la colección Falckenberg
Publicado en El Cultural, 4 de diciembre de 2008


Harald Falckenberg se ha jubilado este año como director de una boyante empresa que fabrica mangueras y surtidores para gasolineras. Abogado de formación, ha sido profesor y es juez honorario en el Tribunal Constitucional de Hamburgo. Un prohombre que... tiene una chifladura por el arte más grotesco y oscuro. Compró su primera obra en 1994 y su amigo el pintor Werner Büttner le encaminó hacia el tipo de coleccionismo obsesivo y compulsivo que practica: hoy posee unas 3.000 piezas, fechadas a partir de los años 60, entre las que destacan los conjuntos de obras de Acconci, Dieter Roth, Baldessari, Falhström, Kippenberger, Herold, McCarthy, Kelly... Hace poco ha restaurado en las afueras de Hamburgo una antigua fábrica de neumáticos y ha instalado allí una parte de sus pertenencias. Pero ha querido abrir ese espacio a la exposición de obras ajenas: ha organizado alguna retrospectiva como la de Paul Thek que pronto se inaugurará en el MNCARS, y ahora invita a Helga de Alvear a llevar a Alemania, su país natal, una selección de las suyas.


Falckenberg, que es presidente de la Kunstverein de Hamburgo, no ha solicitado ni un euro público para su proyecto y, en esta exposición, ha pagado de su bolsillo todos los costes recibiendo en compensación las fotografías y el vídeo de Santiago Sierra —de quien ya poseía otras obras— sobre su intervención en el Pabellón Español en Venecia. La Fundación Helga de Alvear, por el contrario, contará con una muy cuantiosa contribución de la Junta de Extremadura, la Diputación y el Ayuntamiento de Cáceres para su Centro de Artes Visuales, que se abrirá en junio. Pero este es otro tema. La colección huésped ocupa la parte central de los tres primeros pisos del edificio, mientras que la del anfitrión se deja ver en los extremos de esas plantas y en la totalidad de la cuarta.
Helga de Alvear es otro tipo de coleccionista, más seria y menos visceral. Hace décadas que comenzó su importante colección de cerca de 2.000 obras, y ha tenido una larga carrera como galerista, primero junto a Juana Mordó y luego sola. Ha procurado trabajar en sus galerías con los artistas que más le interesan, y sus gustos han experimentado una notable evolución, debida en parte a las profundas transformaciones que el medio artístico español ha sufrido desde que, en los tiempos de su debut, la modernidad se cifraba en los artistas abstractos de Cuenca. Ha tenido sucesivos asesores-colaboradores —Armando Montesinos y Carlos Urroz han dejado su impronta en la colección— pero se mantiene en ella una preferencia por un arte equilibrado, en tres vertientes principales: una pintura heredera de la “abstracción postpictórica” tendente al decorativismo, una escultura próxima al minimalismo y una fotografía en la línea de la escuela alemana de los Becher. Además de vídeos en los que predominan los valores visuales. Junto a ciertos caprichos y algunas obras más turbias, como las de Klauke, Tracey Moffatt o Gregor Schneider. No es una colección desconocida, pues ya se mostró una amplia selección en el MEIAC hace tres años y, anteriormente, se llevaron conjuntos de obras a otras ciudades españolas. Tampoco es la primera vez que se expone fuera de España, aunque sí con estas dimensiones. Lo interesante aquí es ver el contraste entre las obras que ha seleccionado Zdenek Felix —ex-director de los Deichtorhallen de Hamburgo— y las de Falckenberg, entre las que destacan sus instalaciones y en particular las de John Kessler, desquiciante, Thomas Hirschhorn y Anna Oppermann. Y merece también atención la presencia española, para la que se ha reservado una planta en la que se mezcla con la latinoamericana. Un breve recorrido, pero con muchos vericuetos, que salta de una obra de Equipo Crónica de 1974 a otras de los 80 y los 90 de Campano, Navarro Baldeweg, Palacín, Muñoz y Valldosera, y otras más recientes de Peral y Sierra.

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